Ciudad Juárez está muy lejos de lo que pregona su propio plan urbano. La ciudad no parece tener otro horizonte que el de venderse al capital especulador transnacional, mientras una política de vivienda social pobre en ideas se limita a empaquetar la pobreza en espacios que convienen a ese mismo capital. El resultado es un modelo urbano que no busca prosperidad colectiva, sino la apropiación de la plusvalía generada por la sobreexplotación de los más vulnerables.
La Agenda 2030, presentada como un marco universal de prosperidad y sostenibilidad, esconde bajo su paraguas dos agendas distintas: la de las ciudades que se van a fomentar como modelos a seguir, con inversiones y políticas que las proyectan como vitrinas del desarrollo, y la de aquellas que son sacrificadas, convertidas en territorios de explotación donde la pobreza se administra como recurso útil para el capital. En estas últimas, la resiliencia y la sostenibilidad se convierten en narrativas que justifican la continuidad de un sistema urbano depredador, incapaz de frenar la destrucción ambiental y social que genera.
Las contradicciones son evidentes: la prosperidad que se promete exige un consumo intensivo de recursos y personas, destruye ecosistemas y vidas, y erosiona los propios ideales de la Agenda. Las ciudades más prósperas son también las más contaminantes, mientras las sacrificadas cargan con la vulnerabilidad estructural y la dependencia de un motor económico que nunca busca el bienestar colectivo.
Ciudad Juárez es un ejemplo claro de esta segunda agenda. Su motor económico —las maquilas y el capital transnacional— ha tomado el control de la ciudad con la complicidad de un sistema político mexicano sometido a sus designios. La planeación urbana se convierte en un instrumento para legitimar la expansión de un modelo que empaqueta pobreza y la convierte en negocio. La sostenibilidad queda reducida a discurso, mientras la realidad es la sobreexplotación de recursos, personas y territorios.
La pregunta que queda flotando en el aire de esta atmósfera borrosa de realidad y ficción es inevitable: ¿qué hará Ciudad Juárez cuando el capital decida abandonarla porque ya no le interesa o no le resulta rentable estar ahí? La ciudad, que ha hipotecado su futuro al motor económico global, se enfrenta al riesgo de quedarse sin rumbo, atrapada en la paradoja de haber vendido su horizonte a un modelo que nunca tuvo intención de sostenerla.
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