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El día en que Juárez se detuvo y descubrió, otra vez, su capacidad de esperanza

El 17 de febrero de 2016, Ciudad Juárez amaneció en pausa para recibir al Papa Francisco; testigos de aquel Día Cero recuerdan cómo la ciudad se volcó en solidaridad, fe y memoria, y por qué, una década después, esa visita sigue marcando el ánimo y el horizonte de la frontera

Por Gustavo Pérez Gutiérrez | Norte Digital | 7:30 am 17 febrero, 2026

Finalmente, después de todos los preparativos, llegó el Día Cero. El 17 de febrero de 2016, el Papa Francisco arribó al Aeropuerto Internacional Abraham González, de Ciudad Juárez, donde fue recibido por el gobernador César Duarte Jáquez; el presidente municipal Javier González Mocken y el obispo de Ciudad Juárez, José Guadalupe Torres Campos.

Como explica Enrique Serrano Escobar, las maquilas juarenses, que trabajan bajo el esquema de Justo a Tiempo y que cuando paran por algún problema enfrentan pérdidas millonarias, dieron ese día libre a su personal. Por eso, poco antes del amanecer, cuando en un día normal el tráfico vehicular es intenso, ese miércoles las calles estaban vacías. La ciudad se paralizó de forma abrupta, aunque el comercio sí abrió sus puertas.

Los propietarios de negocios accedieron a prestar los baños para los visitantes y hasta colocaron letreros indicando que había acceso libre; ese día pusieron mesitas con sándwiches y agua. Incluso, en la colonia Hidalgo, muchas familias colocaron mesas fuera de sus casas con comida para regalar a los peregrinos que caminaban rumbo a El Punto.

Fue idea de Serrano Escobar que, para recibir al Papa en el aeropuerto, acudieran personas enfermas, muchas de ellas en sillas de ruedas. Además, se mandaron a hacer banderas de México y del Vaticano, pañuelos y otros artículos para entregar a quienes acudieron a dar la bienvenida al ilustre visitante.

Del aeropuerto, el Santo Padre salió rumbo al Centro de Readaptación Social (Cereso). Posteriormente se reunió con empresarios en el Gimnasio del Colegio de Bachilleres y de ahí se dirigió al Seminario Conciliar para comer y descansar un poco. Al final de la tarde ofició la multitudinaria misa que congregó a más de 350 mil personas en El Punto.

El Papa rompe el protocolo

Se tenía contemplado que al llegar al Seminario Conciliar, después de saludar a las personas, pasara directamente al comedor, donde estaba dispuesta una mesa larga con su nombre grabado. Quien donó la mesa pidió expresamente que el Papa supiera ese detalle, así que abrieron el mantel para que lo viera y después se extendió para que él comiera junto con los obispos invitados.

Sin embargo, como era su costumbre, el Papa Francisco rompió el protocolo y entró primero a la capilla del Seminario para ofrecer un ramo de rosas a la Guadalupana. El momento no estaba previsto y por eso, en las imágenes, se observa una silla colocada de improviso para que dejara su ofrenda a la Virgen.

Sobre lo ocurrido ese día, el sacerdote Jesús Manríquez compartió una anécdota:

“El Papa llega al seminario, come y, según la tradición romana, toma una siesta. Pero estaba muy cansado de todo el viaje y se quedó dormido. Se le hizo tarde para ir a la misa. Nadie le quería tocar, porque, ¿cómo le tocas al Papa para despertarlo? Finalmente, uno de los guardias le tocó la puerta y el Papa pidió un café espresso para despertarse completamente. Cuando salió, se excusó con el entonces rector, Juan Manuel Orona, a quien le dijo: ‘caí como una mosca’, y salió disparado a la misa, porque ya iba con cierto retraso”.

Durante todo su recorrido por la ciudad, el Sumo Pontífice estuvo resguardado por agentes de Tránsito. Miles de personas, procedentes de todo México y de Estados Unidos, se apostaron a ambos lados de las calles para saludarlo.

“Todo el convoy estaba resguardado por agentes de Tránsito, enfrente, a los lados y atrás. Todo salió muy bien y hasta nos felicitaron los de la Seguridad del Estado Vaticano. No tuvimos ningún percance, a pesar de la cantidad de gente que vino”, expresa satisfecho el exalcalde.

La verdadera esencia de los juarenses

De lo ocurrido ese día en las calles de Juárez hay incontables detalles y anécdotas. Entre ellas, que cientos de personas prepararon comida y llevaron botellas con agua para entregar a los visitantes que por horas esperaron el paso del convoy.

“A 10 años de su visita, los juarenses supimos descubrir esa capacidad de bien que tenemos y que estaba olvidada. Hace muchos años, en los 70 y 80, se decía que Juárez era una ciudad fea, pero que su gente era valiosísima porque se tenía este acogimiento: nadie era un extraño a quien no se le pudiera ayudar. La visita del Papa volvió a suscitar eso”, explica el padre Manríquez.

Entre las historias que circularon ese día figura la de un camión procedente de Morelia con peregrinos que querían llegar a El Punto, pero cuyo chofer se perdió. Se toparon con un hombre que les dijo: “yo los llevo, síganme”, aunque los visitantes dudaban, porque habían escuchado historias de terror sobre Juárez.

“Soy de Juárez, conozco, soy católico y quiero que lleguen”, les dijo.

Con temor, lo siguieron. Las calles estaban cerradas, pero de alguna manera llegaron. Además, el hombre les ofreció burritos, aguas y sodas. Esos peregrinos regresaron a su ciudad con otra imagen de Ciudad Juárez.

“Los Tres Segundos de Mi Vida”

Desde Roma, siguiendo la visita a través de redes sociales, el padre Manríquez recuerda haber visto decenas de videos breves.

“Vi muchos, pero muchos videos, no podría decir cuántos, de tres o cuatro segundos del Papa pasando y todo el mundo diciendo: Los Tres Segundos de Mi Vida. Llama la atención cómo una persona puede despertar esas reacciones. Los católicos sabemos quién es y lo que representa el Papa, pero muchos de esos videos no eran de gente católica, sino de personas que sentían una fuerza especial por su figura”.

Agrega que las primeras palabras de la homilía fueron de profunda consolación. Las lecturas hablaban de Jonás y de Nínive, ciudad condenada a la destrucción si no se arrepentía.

“El Papa comparó a Nínive con Ciudad Juárez: una ciudad marcada por el pecado y la violencia, pero para la que también había esperanza. Y esa esperanza es Cristo”.

“Sus palabras todavía resuenan conmigo. Creo que nos vino a reanimar en esa capacidad de hacer el bien”, dice el rector, con la voz entrecortada por la emoción.

Un mensaje que trascendió la frontera

Para el sacerdote, el Papa supo mirar a Ciudad Juárez como un símbolo.

“La vio como una ciudad marcada por la migración, por la violencia, pero también por su rostro trabajador. Desde aquí proyectó su idea de papado. Fue como si Cristo hubiera visto esta ciudad y hubiera decidido visitarla”.

Enrique Serrano Escobar asegura que el mayor legado fue la misa en El Punto.

“Fue el evento más importante. El Papa vino a hacer una convocatoria a la unidad y a la pacificación de una ciudad complicada. No es por nada, pero en tres ocasiones el presidente Enrique Peña Nieto puso a Juárez como ejemplo de recuperación de la seguridad, incluso en un evento internacional”, explicó.

En lo personal, dice, la visita le dejó una profunda satisfacción.

“Me dijeron ‘pobre iluso’, pero no le hace. Fue una experiencia de vida para mí, para mi esposa, para mis hijos y para toda la ciudad. En toda la historia de Juárez, nunca había venido un Papa. Juan Pablo II vino a Chihuahua, pero no a Juárez. Francisco nos hizo ese honor”.

La esperanza que sigue viva y un recuerdo que permanece

Para el padre Jesús Manríquez, la visita dejó sembrada una luz.

“Visitó la cárcel, el mundo del trabajo y a los migrantes, porque Juárez es una ciudad de gente que se mueve. No hemos dejado de ser violentos, pero tenemos la posibilidad de echar esperanza. Si un Papa vino, significa que la esperanza también es posible para Juárez”.

Recuerda que Francisco no disimulaba sus emociones.

“Le gustó mucho el báculo que le regalaron los internos del Cereso. En cuanto lo tomó, se le notó la emoción. Señaló al ceremoniero y ese mismo báculo lo usó en la misa de El Punto”.

Durante las siguientes dos semanas, el Papa utilizó ese mismo báculo en las misas de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Ya en Roma, cuando le decían “somos de Juárez”, se le notaba la emoción en el rostro.

“Seguramente, Ciudad Juárez se le metió en el corazón”.

Así lo confirma Cecilia Ochoa Levine, presidenta de la asociación civil US Mexico Canada Strategic Alliance, que conserva el comodato del terreno de El Punto.

“Tuve la oportunidad de entregarle una maqueta en Roma y lo invité a que regresara a Juárez. Con una sonrisa me dijo: ‘¿Quieres que regrese otra vez? Nunca se me va a olvidar la misa en Ciudad Juárez’”.

Ese recuerdo quedó en el Papa, pero también en las 350 mil personas que estuvieron ese día frente a la frontera.

Tras la visita, el legado más visible es el Museo del Papa Francisco, ubicado en el Seminario Conciliar. Ahí se conservan los objetos que tocó: la cama donde durmió la siesta, la mesa con su nombre grabado, los utensilios, ornamentos litúrgicos y las sedes utilizadas en los actos.

Cuenta Serrano Escobar que alguna vez se dijo que una silla con el escudo del Vaticano encontrada en un rancho de César Duarte había sido robada al Papa.

“Se hicieron varias. Esa en particular no la usó el Papa”.

El proyecto del Centro Comunitario El Punto, diseñado por el despacho suizo Herzog & de Meuron, sigue vigente. Busca atender a migrantes, capacitar formadores, impulsar programas de primera infancia y permacultura, y promover manufactura local de alta calidad.

La asociación conserva el terreno y el altar, único que permanece en pie.

“Ahí el Santo Padre celebró la misa y bendijo a todos los que estábamos presentes, incluidos quienes estaban del otro lado de la frontera”, recuerda Cecilia Ochoa.

A 10 años

Para conmemorar el décimo aniversario de la visita del Papa Francisco a Ciudad Juárez, el Seminario Conciliar realizará diversas actividades el martes 17 de febrero, entre ellas una conferencia, una misa y recorridos guiados por el Museo del Papa Francisco.

Diez años después, la ciudad recuerda el día en que Juárez se detuvo… y descubrió, una vez más, su capacidad de esperanza.

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