El Partido Acción Nacional (PAN) anda en esas de poner un letrero en el exterior de sus oficinas que diga: “Se busca candidato a gobernador”.
En una de esas, el anuncio hasta desglosa los requisitos: “Buena presencia, factor de unidad, afinidad con la administración actual y —muy importante— aportarle votos a la causa”.
Eso, porque nomás no han encontrado quién le suba al techo histórico de votación obtenido por el PAN.
Como se lee: el panismo no ha logrado encontrar una candidatura capaz de aportar votos adicionales a los que ya tiene, con o sin candidaturas.
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¿Qué significa esto? Que, con toda y la parafernalia, la intrusión en un desfile conmemorativo y los kilómetros cuadrados de carteleras que se han visto en el escenario político, no alcanza para meterle más votos a un PAN que necesita agregarle votantes externos, que o no salieron o se fueron con la 4T.
Para asomarnos y ver, aunque sea de reojo, de qué tamaño es el problema y cuán grande la necesidad de buscarse una candidatura “pegadora”, basta revisar que en los últimos cuatro procesos para elegir gobernador el PAN nunca ha pasado del 41 por ciento y fracción del total de la votación.
Ni ganando ni perdiendo ha logrado subir de ese rango de aceptación entre los electores, y ya vamos para 25 años de alternancias en el Gobierno estatal en lo que va del siglo.
En la elección pasada, la de 2021, el PAN ganó con cómoda ventaja respecto a su más cercano perseguidor, Morena: 569 mil 921 votos contra 400 mil 972 de los de la 4T.
Sí, ganaron, pero alcanzaron apenas el 41.43 por ciento del total de la votación válida emitida.
¿Eso qué significa? Que, aun ganando, se quedaron en las mismas. Apenas una elección antes, la de 2016, también se llevaron el premio mayor, pero con el 39 por ciento del total de sufragios, es decir, apenas dos puntos porcentuales menos.
En 2010, cuando el PRI y aliados les dieron una buena zarandeada, aun así el blanquiazul se fue a su casa con 423 mil 409 votos, que representaron —¿adivinen cuánto?— el mismo 39 por ciento que obtuvieron en el proceso de 2016, cuando sí lograron ganar.
Lo que debe preocuparles es que la última vez que superaron la barrera de los 40 puntos fue en 2004, cuando Javier Corral Jurado perdió la carrera por la gubernatura frente a José Reyes Baeza Terrazas.
Ahí, el entonces panista se llevó 410 mil 835 votos, el 41 por ciento del total.
Nada mal para alguien que terminó vapuleado por su rival priista, pero con un porcentaje de votación incluso mayor que el obtenido por su propio partido en la elección posterior, la de 2016.
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Para acabar pronto: la última vez que el PAN se acercó a la mitad de los votos fue en el ya lejano 1992, cuando Francisco Barrio Terrazas (qepd) le ganó a Jesús Macías Delgado (qepd) con el 49 por ciento de la votación.
Ni con el fenómeno Barrio a su favor se llevaron la mitad del paquete de votos.
Es por eso que el PAN anda urgido —urgidísimo— de ver cómo le hace para rebasar ese tope, porque van camino a una elección donde la candidatura opositora llegará con toda la maquinaria federal a su favor y con dos probables aspirantes bastante competitivos, a cuál más.
De los alborotados que se mencionan en el panismo, ni Daniela Álvarez Hernández, menos aún Gilberto Loya Chávez y mucho menos Álvaro Bustillos Fuentes parecen resolver el problema.
Mirone supo que, en una de esas, y de última hora, aparece un aventado a buscar la candidatura mayor.
Más vale que se apure y llegue con pertrechos suficientes para hacer crecer a su partido, que, por lo visto, ni siendo Gobierno logra aumentar su caudal de votos.
Por lo visto, a ese “techo” de votos del PAN le hace falta un ático para ganarle a Morena en el 2027… y en las otras que están por venir.
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Ahora que, en el lado guinda del mapa electoral, las cosas tampoco andan así como a pedir de boca. No. Allá tienen que resolver un montón de broncas dentro y fuera de su partido, sobre todo ahora que ha quedado tirante la alianza con el PT, que en Ciudad Juárez sí les redituaba, al menos, para ganar el distrito III federal y el VI estatal.
Según le contaron a Mirone, a pocas semanas de que se destape el sistema de selección de candidatos, ya iniciaron por adelantado las posibles operaciones “cicatriz” para sanar las heridas que dejará la selección entre la senadora Andrea Chávez o el presidente municipal de Juárez, Cruz Pérez Cuéllar.
Porque para nadie es un secreto que la derrota de uno o la victoria del otro dejará más de un cadáver a la orilla de la carretera, de esos que se pueden levantar como zombis a media campaña y comenzar a “devorar” puntos electorales en los momentos más inoportunos.
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Según le contaron a Mirone, en las alturas del morenismo ya contemplan ofrecerle a Andrea Chávez la candidatura a la Presidencia Municipal de Juárez, por aquello de que no se haga de la postulación al Gobierno del Estado.
La oferta “que no puede rechazar” ya la mandó a volar, porque —le platican a Mirone— ella dijo que prefiere quedarse a continuar con su período en el Senado, y ahí se ven con su campaña… y con su gobierno, si es que lo ganan.
El peligro, en este caso, no es que se salga de las filas de la 4T o que se sume a otra corriente —lo cual es absolutamente improbable—, sino que se “eche” y simplemente no mueva un dedo para ayudar a la causa.
Un vacío de esas magnitudes difícilmente lo llenarían los de la 4T en un período tan corto como el que tendrá la próxima campaña.
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Cruz , a su vez, no ve nada con qué le puedan “consolar” si pierde la candidatura. Ya es presidente del municipio más importante del estado y de uno de los “Top Ten” del país.
De ahí para arriba, solo le queda ser gobernador, dice él, según le comentan a Mirone.
¿Cómo le hacemos, entonces? Los “morenos” aún no le encuentran la cuadratura al círculo, porque ninguna de las dos cartas fuertes ha bajado la intensidad a su carrerada búsqueda por la candidatura al Gobierno del Estado.
Porque, mientras en Morena se hacen ese cuestionamiento, Andrea sigue con su activismo, tanto en redes sociales como en el Senado. Contrario a lo que advertían sus adversarios —que no son pocos ni de bajo calibre— la “caída” de Adán Augusto no le ha afectado.
Por otra parte, Pérez Cuéllar también ha salido ileso de la debacle de Ricardo Monreal, así que la carrera sigue parejera y, a estas horas, más centrada en el territorio chihuahuense, y más específicamente, en Ciudad Juárez.
Las cosas irán tomando forma en los días próximos, cuando Morena defina quién será el “general brigadier” que mandarán a dirigir los procesos de elección en la primera circunscripción federal plurinominal, donde se ubica Chihuahua.
Ahí comenzaremos a verle el diente al león para advertir quién trae las bendiciones de las alturas.
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La comentocracia nacional puso de pronto bajo el reflector al único diputado del Partido del Trabajo (PT) que votó a favor de la reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum al Congreso de la Unión… y la verdad es que el nombre no le sonaba a casi nadie.
Hablaban de un tal Jesús Roberto Corral Ordóñez, y más de uno se preguntaba de dónde había salido y por qué se fue en sentido contrario al partido de la estrellita amarilla y a las familias que lo administran como franquicia. En la capital del país, simplemente, no lo ubicaban.
Acá en Chihuahua también tardó un poco en caer el veinte, hasta que alguien puso orden en la memoria colectiva: se trataba de El Nono Corral, veterano de mil batallas, chapulín político de manual y aspirante reincidente a la Presidencia Municipal de Cuauhtémoc.
Podrá decirse que esa mano levantada en favor de la reforma de Sheinbaum le regaló reflectores nacionales, pero en realidad El Nono ya tenía rato siendo personaje conocido en “el rancho”. Allá su nombre pesa, su apodo más, y su trayectoria incluye arraigo político, largo kilometraje electoral y una que otra polémica, incluidas versiones sobre más de un centenar de propiedades registradas a su nombre.
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Ingeniero civil de profesión, pasó buena parte de los noventa merodeando el ambiente político-electoral desde una plataforma muy socorrida por los aspirantes: las actividades empresariales y el tejido de relaciones con los grupos de mayor influencia en la región, desde el sector manzanero y agroindustrial hasta la siempre estratégica comunidad menonita.
Su primera incursión formal en las urnas ocurrió en tiempos del gobernador Patricio Martínez García, cuando compitió y ganó una diputación local por el distrito con cabecera en Cuauhtémoc en 2001.
En aquellos años era priista de hueso colorado, integrante de una bancada con personajes de peso como Víctor Emilio Anchondo Paredes y Mario Trevizo Salazar.
Pero en 2004 vino el primer gran tropezón: fue candidato del PRI a la Presidencia Municipal de Cuauhtémoc y perdió frente a Elías Humberto Pérez Mendoza, quien más tarde se convertiría en uno de los cuadros visibles del PAN en la región.
Luego llegó la clásica metamorfosis de la política mexicana. El Nono reapareció ya bajo las siglas de la 4T, aunque no vestido de guinda, sino con el rojo y amarillo del Partido del Trabajo, ese feudo político que en Chihuahua ha administrado con notable eficacia electoral la familia Aguilar.
Montado en la marea obradorista, Corral terminó ganando la diputación federal por el Distrito VII con cabecera en Cuauhtémoc, un triunfo que no fue menor si se toma en cuenta que Morena perdió ahí tanto el distrito local como la alcaldía.
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El Nono pertenece a esa estirpe de políticos que construyen marca más por el apodo que por el nombre de pila. Quizá por eso, cuando en la discusión nacional hablaban del diputado petista que les “chaqueteó” a los suyos, casi nadie ataba cabos.
Pero en Cuauhtémoc sí saben perfectamente de quién se trata. Y ahora lo saben todavía más.
Porque tras votar con los morenistas en la reforma electoral, El Nono quedó convertido —según el ángulo desde donde se mire— en héroe útil o en traidor de ocasión. Y en cualquiera de los dos papeles, su nombre vuelve a meterse en la conversación rumbo a las próximas contiendas.
Sobre todo la de 2027, cuando Chihuahua renovará gubernatura, Congreso y los 67 ayuntamientos.
Por eso no suena descabellado que otra vez empiece a correr su apodo para la alcaldía de Cuauhtémoc.
Nomás que el camino no pinta terso. Todo indica que, al menos del lado guinda, la cargada empieza a tomar forma en favor de Guadalupe “Lupita” Pérez Domínguez, otra expriista que también busca recuperar la alcaldía.
Así que la historia podría terminar en lo que tanto le gusta a la política aldeana: un duelo de chapulines, frente a frente.
Porque en el norte, ya se sabe, los apodos duran más que las lealtades… y los chapulines siempre encuentran en dónde caer.
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Al exgobernador sujeto a proceso penal, César “Dee Jay” Duarte, le está pasando como a esos vegetales “milagro” a los que les atribuyen cualidades para curar cualquier enfermedad: cada día les encuentran más “propiedades”.
El fin de semana, la Fiscalía General de la República (FGR), apoyada por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), realizó un cateo en una vivienda ubicada en la intersección de las calles Primera y 20 de Noviembre, en la colonia Altavista, en Hidalgo del Parral, presuntamente propiedad del exmandatario, ahora sujeto a juicio por presunto lavado de dinero.
Esa es solo una de las 20 propiedades que le tienen detectadas en la llamada “Capital del mundo”, y los municipios aledaños, donde el duartato ejerció fuerte influencia durante la segunda década de este siglo.
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El mapa de propiedades atribuidas a César Duarte en Chihuahua abarca los municipios de Parral, Balleza, Guadalupe y Calvo, así como la capital del estado, según lo indican diversas investigaciones estatales y federales.
Estas han señalado que el exmandatario y su círculo cercano habrían acumulado decenas de propiedades durante y después de su paso por el Gobierno estatal.
Las estimaciones que han circulado en expedientes judiciales y reportes públicos hablan de más de 50 bienes inmuebles, entre casas, ranchos, terrenos y propiedades agropecuarias, principalmente en el sur y suroeste de la entidad.
En la zona de Hidalgo del Parral, su lugar de residencia antes de ser gobernador, se concentra uno de los núcleos patrimoniales más conocidos, que incluye residencias urbanas, terrenos rurales y ranchos ganaderos.
Solo en esa región se han contabilizado más de 20 propiedades vinculadas directa o indirectamente al exgobernador o a su entorno familiar.
Eso, solo por contar lo que tiene en su “querencia” parralense, porque en la región centro del estado —concretamente en Chihuahua capital y municipios cercanos— se han documentado casas habitación, predios urbanos y propiedades relacionadas con empresas o actividades comerciales.
Cabe mencionar que, al momento de su detención por parte de la FGR, ocurrida el pasado 8 de diciembre, se encontraba en el exterior de una casa que tiene en la capital del estado. Esa era solo una de las propiedades con las que cuenta.
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Si bien siempre se enorgulleció de su origen ballezano y de su vecindad parralense, en las fechas previas a su aprehensión por fuerzas federales se le vio más bien asentado en la capital, donde frecuentaba amigos y acudía a bares donde, incluso, fue captado bailando alegremente.
Ahora que, en la zona serrana y en municipios rurales, también es honda y notoria la impronta del político que gobernó el estado entre 2010 y 2016.
Investigaciones realizadas tanto por autoridades estatales como federales han señalado entre las propiedades del exgobernador ranchos y predios rurales en municipios como Balleza y Guadalupe y Calvo.
En varios casos se trata de ranchos ganaderos o extensiones de tierra utilizadas para actividades agropecuarias.
Es justamente en Balleza donde se encuentra el ya famoso rancho El Saucito, donde la Comisión Nacional del Agua (Conagua) detectó una presa gigantesca —¿la detectó, en serio no la habían notado?—, así como cuatro retenes de agua y pozos irregulares.
Las imágenes de los trascabos de la Conagua demoliendo la presa, que contenía —según la dependencia— más de 700 millones de metros cúbicos de agua, le dieron la vuelta a todos los noticieros del país.
La revisión del viernes pasado en la casa del exgobernador es solo una de las varias intervenciones que hará la FGR, según le cuentan a Mirone.
La acusación de usar el sistema financiero nacional para lavar dinero debe dar para mucho más que los 73 millones de pesos que le achacan; si no, va a sonar, como diría Enrique “El Perro” Bermúdez: “tirititito nada más”.
Así que agárrense, porque seguro vienen más.
Don Mirone