Durante casi tres décadas, Ciudad Juárez no fue solo un lugar de misión para la hermana Betty Campbell: fue su casa, su causa y su compromiso diario.
El pasado 18 de enero falleció en San Antonio, Texas, acompañada por integrantes de su comunidad religiosa y amistades cercanas a Casa Tabor.
Su muerte cerró una vida entregada al servicio, pero dejó abierto un legado de amor, memoria y dignidad profundamente arraigado en la frontera.
Un año antes de su partida, la hermana Betty se despidió públicamente de la comunidad juarense en un encuentro marcado por la gratitud y la reflexión.
Ahí habló de la dualidad de la ciudad que aprendió a amar profundamente: su rostro solidario, capaz de inspirar compromiso y comunidad, pero también las heridas que exigen acciones concretas de fe y justicia social.
Frente a quienes caminaron con ella durante años, agradeció el acompañamiento recibido y reafirmó que, aunque salía físicamente de Juárez tras 29 años de misión, el vínculo con la ciudad permanecería intacto.

FOTOS: CORTESÍA
Una vida de contemplación y solidaridad
Integrante de la congregación de las Hermanas de la Misericordia, Betty fue una mujer de profunda vida espiritual y compromiso social. De formación enfermera, viajó por distintos países de América Latina, experiencia que marcó su mirada pastoral y su cercanía con comunidades golpeadas por la desigualdad y la violencia.
Durante su servicio en Perú conoció al padre Peter Hinde, con quien más tarde compartiría una misión de vida.
En 1995, ambos fundaron Casa Tabor en Ciudad Juárez, donde decidieron simplemente acompañar a la comunidad que eligieron: personas migrantes llegadas de otras regiones de México en busca de trabajo, así como familias que perdieron a sus seres queridos en contextos de feminicidio y violencia.
Casa Tabor se convirtió también en un espacio pedagógico y de conciencia. Ahí recibieron a visitantes de Estados Unidos y de otros países, a quienes explicaron las realidades de la frontera.
Muchos de ellos fueron invitados a escribir nombres en los muros del patio, donde Betty y Peter llevaban un registro de personas asesinadas en Juárez y en otras zonas de conflicto de América Latina, como un acto de memoria frente al olvido.



La memoria, el cuerpo y la coherencia
Quienes la conocieron la describen como una “radical gentil”: firme en sus convicciones, pero cálida en el trato.
Esa coherencia marcó toda su vida. En una de sus acciones más simbólicas, la hermana Betty llegó a utilizar sus conocimientos de enfermería para extraer sangre a activistas antinucleares, la cual era utilizada en protestas pacíficas contra instalaciones de armas nucleares.
Para ella, el cuerpo también era un territorio de denuncia: una forma extrema, pero profundamente ética, de confrontar la violencia estructural y afirmar el valor de la vida. Esa misma lógica —poner el cuerpo, no mirar desde lejos— fue la que guió su trabajo en Ciudad Juárez.

La memoria como acto de justicia
Una de las huellas más profundas de la hermana Betty fue su compromiso con la memoria de las víctimas.
Durante años escribió, con paciencia y constancia, los nombres de personas asesinadas y desaparecidas en las paredes de Casa Tabor.
Entre los murales que impulsó destaca uno dedicado a sacerdotes y colaboradores católicos asesinados en las últimas tres décadas.
Aun cuando la edad le impuso limitaciones físicas, nunca detuvo esta labor. Su pasión por la memoria trascendió Ciudad Juárez y se extendió por México, América Latina y Estados Unidos, dejando constancia del sufrimiento, pero también de la esperanza que persiste.
Desde 1996, además, impartió talleres de autoestima y superación personal, y durante años organizó un grupo de mujeres en su colonia, para que sus vecinas tuvieran un espacio en el cual compartir y aliviar las cargas de la vida cotidiana.


Una aliada de las familias juarenses
Su cercanía con iniciativas como el Proyecto la Esperanza de Nuestras Hijas de Regreso a Casa la convirtió en una aliada fundamental para las familias de víctimas de feminicidio.
No fue una observadora externa ni una acompañante ocasional: estuvo presente en los momentos más duros de las madres y familiares que exigían verdad, memoria y justicia.
Desde Casa Tabor, la hermana Betty entendió que el dolor de Juárez no podía mirarse a distancia. Lo asumió como propio y lo transformó en acciones concretas de acompañamiento, memoria y dignidad.

La huella que permanece en Juárez
Betty Campbell no solo vivió en Ciudad Juárez: la caminó, la escuchó y la defendió desde el servicio silencioso.
Conoció sus colonias, sus historias y sus heridas. Niños y jóvenes, acompañados por su palabra, se convirtieron ciudadanos conscientes y comprometidos; familias enteras encontraron en ella un punto de apoyo cuando el camino parecía cerrarse.
Aunque su vida concluyó lejos de la ciudad que ella eligió como hogar, su legado permanece aquí en las personas que acompañó, en los espacios que ayudó a construir y en la memoria colectiva de una frontera que la reconoce como una de sus grandes aliadas.
Ciudad Juárez despide a la hermana Betty Campbell con gratitud y respeto. Su vida fue semilla sembrada en esta árida tierra.
¡Descanse en paz!