Hace 10 años, Dayana Román llegó a México procedente de su natal Caracas, Venezuela. A diferencia de muchos compatriotas suyos, ella no llegó en una caravana, sino en un vuelo que la trajo directamente a la capital mexicana y de ahí se trasladó a Ciudad Juárez, donde decidió radicarse.
En esta ciudad encontró las condiciones para continuar su vida y hoy es la propietaria de “Qué Chévere”, el restaurante que se ha convertido en punto de encuentro para la comunidad venezolana radicada en la frontera y donde, como ella misma dice, “se siente el sabor de Venezuela”.
A diferencia de muchos migrantes que llegaron a Juárez con la intención de cruzar a Estados Unidos, ella planeaba trabajar muy duro en México, ahorrar y regresar a Venezuela, pero fue entonces cuando empezó la escasez generalizada en su país, lo que hizo que cambiaran sus planes.
Y es que, como relata Dayana, cuando ella salió de Venezuela, escaseaban algunas marcas, pero se conseguían otras.
“A lo mejor, yo no conseguía la marca de arroz que me gustaba, pero conseguía arroz; como a los cuatro meses de estar aquí fue cuando se puso que ya no había nada, ni gasolina. Yo decía, ¿en serio? Cómo nosotros vamos a tener problemas con la gasolina, lo que es la ironía más grande del mundo. No me tocó a mí vivir eso, pero a mi familia sí”, reflexiona.

Si bien no lo sufrió en carne propia, recuerda que, a su mamá, a su hermano y al resto de su familia, sí les tocó vivir esa época.
“Era muy frustrante porque no había cómo ayudar. No había manera de enviar dinero de aquí a Venezuela. Entonces, lo que yo hacía era por Miami, hacer un mandado en línea que mandaban a Venezuela y eso te salía un dineral. El puro envío de la caja salía en más de 100 dólares. Terminabas pagando 400 dólares por un mandado que costaba 80, pero la necesidad allá era tanta”, relata.
Fueron los años en los que las medicinas escasearon en la nación que por años había tenido la economía más fuerte de Sudamérica; no había ni siquiera algodón o hilo para suturar una herida… Fue entonces cuando las imágenes de gente buscando comida en la basura se difundieron en todo el mundo.
“Mi ex novio tiene un restaurante de carnes en Caracas y me decía que hasta sacar la basura era todo un tema. La gente llegaba y rompía todas las bolsas buscando las sobras. Y me decía que no eran loquitos de la calle, sino gente normal como él o como yo, gente que se veía que acababa de salir de su trabajo; mujeres con los niños chiquitos buscando en la basura para comer. Eso es verídico. Esa situación estuvo muy fuerte”, relata conmovida.
“Llegamos a Juárez con una maletica”
Adaptarse a Ciudad Juárez no fue cosa sencilla. Llegar de un país donde todo el horizonte es verde a una ciudad ubicada en medio del desierto, generó un impacto fuerte, tanto en Dayana como en Nelmayer, su colaboradora en Qué Chévere.
“Llegamos a Juárez con una maletica. Fue un proceso de adaptación cultural, del clima, de la comida, de lo que hacías allá y no puedes hacer aquí. Por ejemplo, qué me iba a estar imaginando yo en Venezuela que iba a estar vendiendo arepas en la calle y me tocó aquí. Me metía a los centros comerciales y me andaban correteando los vigilantes. Allá tenía un negocio de postres saludables, pero aquí, o te mueves o te mueves y si te tienes que parar en el semáforo a vender aguas, te vas al semáforo a venderlas”, resume Dayana.
Mientras que ella llegó en abril y pasaron varios meses antes de vivir su primer invierno juarense, Nelmayer llegó a Juárez un 13 de diciembre y cuenta que se deprimió porque no estaba acostumbrada al frío. “Nadie sabía, pero yo vivía deprimida”, dice.
Para Dayana, enfrentar bajas temperaturas tampoco fue fácil.

“Recuerdo mucho mi primer invierno aquí. Yo pensaba que con una chamarrita de mezclilla era suficiente, pero claro que no era suficiente. En ese invierno, renté una casa y compré un colchón inflable que se despichaba (desinflaba) toda la noche y yo amanecía en el piso todos los días. Yo no me imaginé nunca estar pasando por esta situación. Ahorita yo me río, pero en aquel momento no me reía”, cuenta.
Comparte que Venezuela “huele a diciembre” y en el ambiente se siente que se está viviendo ese mes, pero al llegar aquí no se siente eso porque estaba estás sola y su familia allá.
“De verdad nadie se imagina las cosas que uno pasa. Allá, las dos fechas, tanto el 24 como el 31, uno las pasa con la familia, es la fiesta, el compartir realmente con tu familia y estar aquí sola, te pega duro”, menciona.
Durante dos años, Dayana trabajó sin descanso. De lunes a viernes tenía dos empleos, lo que le permitía comer en uno y cenar en el otro, de esa manera, podía ahorrar ya que los gastos en casa eran mínimos. Los fines de semana, trabajaba como edecán. No sólo era una forma de sobrevivir, sino de evitar pensar en la situación de su familia allá y de ella aquí.
En su casa, recuerda, solamente había agua y el colchón inflable en el piso.
“Fueron dos años en los que trabajé como no había trabajado en toda mi vida. Dos años trabajando como un burro, casi no tenía tiempo libre, que también era una manera mía de evadir lo que me estaba pasando. Yo decía, para qué quiero estar en la casa, solamente la necesito para dormir, para más nada; los fines de semana que no salía nada, para mí era la muerte porque te daba el tiempo de pensar y ver tu realidad: que estaba sola, que extrañabas lo que tenías allá… Por eso, prefería estar trabajando siempre”, recuerda.
Dos años después de llegar a México, Dayana pudo traer a Juárez a su mamá y a su hermano. Actualmente, su mamá trabaja con ella en el restaurante, mientras que su hermano es empleado en una maquiladora.

“Cuando llegaron, creo que ese choque cultural lo tenemos todos: aquí no hay árboles, no hay río, no hay playa… Precisamente hoy lo hablaba con una clienta que lleva aquí seis meses y dice que no se halla, pero yo le dije que esté tranquila, que ninguno nos hallamos cuando llegamos porque es muy diferente al lugar de donde venimos, pero aquí la gente es noble, la gente es buena, Juárez es una ciudad muy próspera y trabajando puedo ganarme mis reales y me voy de vacaciones a una playa y se acabó el rollo”, destaca con su característico acento.
Expresa su agradecimiento porque, dice, en Juárez hay mucho trabajo y lo que ofrecen, se vende.
“Aquí la gente te compra por ayudarte, aunque a veces ni saben qué están comprando… Y te lo digo por experiencia propia, lo hacen por ayudarte. Por eso, le digo a los que recién llegan: deja de enfocarte en lo que Juárez no tiene, porque, en efecto, no tiene muchas cosas, pero enfócate en lo que sí tiene, porque lo que sí tiene es muy bueno”, cuenta.
Su papá, tíos y abuelos siguen en Venezuela, a la espera de lo que va a pasar tras la detención del presidente Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos y esperando que la situación mejore en su país.
Los sabores de Venezuela
Esos dos años de esfuerzo incesante y de sacrificio, dieron sus frutos cuando, ella y una amiga que trabajaba a su mismo ritmo, abrieron el restaurante que se ha convertido en un lugar de encuentro para las comunidades colombiana y venezolana en Juárez. Tiempo después, su socia le vendió la parte del negocio que le correspondía y Dayana continuó sola.
Sobre su restaurante, ubicado en el bulevar Tomás Fernández, asegura que ha descubierto que Juárez es un mercado difícil para la comida venezolana porque no hay tantos venezolanos y el mexicano es muy arraigado a su cultura y a su comida.
“Nosotros trabajamos mucho con plátano macho maduro y con frijol negro… Y como no tienen idea a qué sabe, les da miedo probar, por eso como que siempre tiene que venir un venezolano o un colombiano que los traiga; de hecho, tengo muchos clientes colombianos”, comenta la emprendedora.

Una vez que los traen, explica, es tarea suya ganarse a los clientes. Destaca que tiene clientes muy fieles desde hace ocho años, que siguen acudiendo a su negocio y llevándole nuevos clientes.
“Cuando abrí este restaurante, aquí ni siquiera vendían harina pan, ahora por lo menos ya la consigues en Walmart y a nosotros nos llena el corazón comernos una arepita. Entonces, cuando yo abro este negocio, viene de mi necesidad y de ver a más gente como yo con esa necesidad de nuestra comida”, destaca la caraqueña.
En su negocio, Dayana habla con todo el mundo, como si fueran sus primos o tías, porque entiende la necesidad de ese calor y para ella es importante escuchar las palabras de su tierra porque ha convertido su negocio en un rinconcito de Venezuela, decorado con el Salto del Ángel, la cascada más alta del mundo, ubicada en su país.
Lo que más vende en su negocio es la tradicional arepa, pero cuando los comensales prueban la sazón, se animan a pedir un asado negro o una cachapa, una especie de arepa que se prepara con elote y que en 2019 fue reconocido como Patrimonio Inmaterial de Venezuela.
Una de las razones de su éxito es que han replicado la sazón típica venezolano.
“Lo que mucha gente no sabe es que no puedes llegar con una receta de allá, replicarla aquí y que el resultado sea el mismo. Aunque consigas los mismos ingredientes, no saben igual. Por eso, tuvimos que trabajar bastante en ver cómo hacer para que la comida sepa igual, porque la intención es que sepa a Venezuela, que sepa como sabe allá”, comenta.
Juárez, una ciudad violenta
Respecto al estigma que tiene Juárez como ciudad violenta, Dayana asegura que en 10 años que lleva viviendo en esta frontera, nunca le ha pasado nada a pesar de que cuando llegaron su mamá y su hermano, empezó a salir y se la pasaba “rumbeando” con otras mujeres.
“Éramos un grupito de venezolanas y nunca nos llegó a pasar nada. No tengo una mala experiencia que contar. Nada. Salíamos sanamente a disfrutar y sanamente llegábamos a la casa, nunca tuvimos ninguna cosa rara”, destaca.
Su siguiente paso en México es lograr la naturalización, para lo cual, en la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) le dijeron que, debido a su nacionalidad, no pueden hacerlo en Juárez sino en la Ciudad de México o en Monterrey.
“Hacerme mexicana es una manera de sentirme agradecida por todo lo que este país me ha dado, porque es mucho lo que me ha dado”, puntualiza con convicción.
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