El frío no los desanima. Los migrantes de Venezuela que mantienen su campamento junto al río, le hacen frente con fogatas, más cobijas, chamarras y esperanza.
Aunque el viento se vuelva congelante, aseguran que sufrieron más en su país de origen y en el trayecto hasta la frontera, donde hoy esperan que Estados Unidos cambie su política migratoria y les permita intentar el sueño americano.

Como nunca lo había sentido, Camila sufrió la helada de la madrugada de este miércoles adentro de su tienda de campaña que comparte con sus padres, a un lado del agua del río que parece apaciguarse con el frío.
No está acostumbrada y por eso durmió con dos suéteres y su chamara de capucha que no deja para nada, menos cuando el viento cruza el campamento y hace ondear las banderas venezolanas y mexicanas.
“En Venezuela no hace tanto frío”, dice la joven de 17 años. Ríe, cuando se le pregunta cómo le hizo para pasar la noche.
Prendieron como cada noche una fogata, para calentarse un poco antes de acostarse en el interior de la carpa. Es su día 16 en Juárez y casi cumplen dos meses desde que salieron de su país.
Camila no sabe al final qué decisión tomarán sus padres, si entregarse o quedarse, pero hoy todavía tienen la esperanza de que Estados Unidos abra sus fronteras y les permita pasar.

Ya cruzaron una vez, hace dos semanas y los regresaron por Tijuana. Por eso la piensan para cruzar de nuevo.
Como sus esperanzas, varias fogatas se encienden en el campamento que casi llega a las 400 tiendas de campaña entre el bordo y el cauce del río, no muy lejos del Puente Internacional Paso del Norte. No hay mucha madera. Lo que sea que encienda sirve para calentarse.
Carmen García, de 32 años, se arremolina con su familia en su propia fogata. La encendieron a unos pasos del río. Con ella están su esposo y sus hijos de 16 y 14 años, así como una niña de cinco años.
Maderos y hasta botes de plástico ponen en la lumbre. Lo único que importa es que les quite el frío.
Ellos salieron de Venezuela desde el 14 de septiembre y llegaron a México el 7 de octubre. En el campamento están desde el 19 de octubre.

Como la gran mayoría de los residentes en la pequeña Venezuela, Carmen y su familia dejaron su país porque lo que ganaban no les alcanzaba ya para lo más básico.
“Por la crisis, por la dictadura que hay en Venezuela. Se va la luz mucho, no hay comida, el sueldo no alcanza para nada. Allá uno no puedo salir a la calle a protestar porque lo meten preso”, explica sobre sus razones para abandonar su país.
Si se come una o dos veces al día, es mucho, asegura la joven mujer.
Por eso está aquí, esperando, aunque el clima sea adverso. Cree que en Estados Unidos las cosas serán diferentes. “Queremos cruzar para que nuestros hijos tengan un futuro mejor”, dice.
En Venezuela nada quedó porque vendieron su casa y los dos mil dólares que les quedaban los gastaron en el viaje. Lo que tienen ahora es fe y esperanza.

“Hay que tener fe, por nuestros hijos que han pasado tantas cosas. Nosotros pasamos ocho días en la selva, nos quedamos sin comida, dormíamos con la ropa mojada, llena de barro. Luego dormíamos en las calles”, recuerda.
“Ahora ya estamos aquí gracias a Dios. Nos falta poco para entrar y hay que tener fe de que vamos a entrar porque ya hemos pasado tantas cosas. Y ahora solo queda la fe”, asegura la migrante venezolana. Al frío lo vencen durmiendo pegaditos, en el interior de su carpa, con el calor que emana de la familia.
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