A tan solo 12 días de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, Donald Trump afrontó la noche del jueves su última oportunidad para alterar el curso de una contienda que se le ha puesto muy cuesta arriba y lo hizo con una actitud radicalmente distinta a la que exhibió en el primer debate con Joe Biden.
El presidente desplegó su versión más cordial y respetuosa con las reglas del juego para tratar de frenar la sangría de votos que amenazan con convertirle en una anomalía histórica de un solo mandato.
Es muy cuestionable, sin embargo, que lo consiguiera, porque se encontró con un Biden más sólido, que nunca perdió los nervios y supo contratacar con acierto para mantener su estatus de favorito en esta recta final de la campaña.
La buena noticia es que el país pudo finalmente ver un intercambio de ideas civilizado entre dos candidatos que venden visiones antagónicas para el país.
El nacionalismo reaccionario de Trump frente al posibilismo progresista de Biden. Una proeza que deben agradecer a la Comisión Electoral, que optó por silenciar a ratos los micrófonos para impedir las interrupciones que marcaron el primer debate.
Desde el primer minuto, quedó claro que el presidente no pretendía repetir aquella caótica pelea, criticada incluso por sus correligionarios y castigada en los sondeos.
Ambos supieron aparcar el rencor visceral que ha marcado la campaña para atacarse con relativa educación y desplegar sus argumentos.
La pandemia, tema fuerte del debate
Al hablar de la pandemia, quedó claro que el republicano sigue apostando por una huida hacia adelante que prioriza la economía sobre la salud y vende una suerte de desaparición mágica del virus.
“Estamos dejándolo atrás. Esto se va a ir pronto«, dijo Trump, pese a que los casos crecen en casi 40 estados y la curva asciende inexorablemente desde mediados de septiembre.
Biden trató de contrarrestarla defendiendo las inversiones para garantizar que tanto los negocios como los colegios pueden reabrir con seguridad.
“Yo voy a cerrarle las puertas al virus, no al país», dijo el demócrata.
Lo más paradójico de Trump en esta campaña es que sigue comportándose más como si fuera el aspirante a la Casa Blanca que el líder que ha dirigido los destinos del país en los últimos cuatro años.
Este jueves, nuevamente fue incapaz en el debate de articular sus planes para un segundo mandato.
Los negocios de los Biden
Como viene haciendo en los últimos días, Trump también trató de acusar al demócrata de tráfico de influencias por los negocios de su hijo Hunter en Ucrania o China.
Los recientes correos publicados por el tabloide New York Post le han dado nueva artillería. «Son como una aspiradora», dijo refiriéndose a la familia Biden, a la que acusa de haberse enriquecido ilícitamente.
Pero el demócrata venía con el lance preparado y le respondió cuestionando la credibilidad de Rudy Giuliani, el abogado personal de Trump que entregó al Post los correos supuestamente comprometedores.
La defensa de los trabajadores
A lo largo de la noche el vicepresidente de Barack Obama recurrió a las sonrisas y los gestos ostentosos para desactivar las andanadas más gruesas de Trump.
Un presidente que llegó a describirle como más izquierdista que Bernie Sanders o a decir de sí mismo que es un gran defensor del medioambiente.
Biden estuvo mucho más convincente a la hora de definirse como el defensor de los trabajadores.
Defendió planes de estímulo multimillonarios para salir de la recesión, abogó por aumentar el salario mínimo y se mofó de la obsesión del republicano con las bolsas.
Uno de sus grandes momentos llegó a raíz de los niños inmigrantes separados en la frontera por las políticas de tolerancia cero de la administración.
Aunque la noche tuvo sus momentos tensos, el debate resultó mucho más sustancial que el primero.
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Por Teófilo Alvarado