Carmelita Torres salió de su casa en Juárez aquella mañana de domingo, 28 de enero de 1917, rumbo a su trabajo en El Paso, sin saber que minutos después encabezaría una lucha por los derechos y contra los abusos de poder, ante la mirada de miles de personas a ambos lados de la frontera.
La adolescente de 17 años seguramente no imaginó que detendría el tráfico del único puente internacional que había sobre el río Bravo en esta zona, ni que su acción de protesta desafiaría a los gobiernos de dos países. Tampoco que ni los soldados del ejército estadounidense ni la temible patrulla militar del general carrancista Francisco Munguía, con sus insignias de calavera, lograrían amedrentarla.

Era una simple trabajadora doméstica, al igual que cientos de mujeres que diariamente cruzaban la frontera para ir a los hogares de las familias paseñas a limpiarles. Se mencionaba que prácticamente todas las casas de El Paso contaban con una de dichas empleadas procedentes de Juárez.
Carmelita, como le decían de cariño, tenía la peculiaridad de distinguirse por el cabello rojizo —era pelirroja—, de tal forma que fue fácil para las autoridades de México y Estados Unidos identificarla al momento de la manifestación que se desató ese día.
¿Por qué se inconformó?
La respuesta del porqué ocurrió una manifestación en el puente Santa Fe, considerada la primera de mexicanos contra las políticas migratorias estadounidenses, la da el historiador David Dorado Romo, quien explica que el Gobierno de Estados Unidos instauró una política de supuesta desinfección contra mexicanos como parte de una campaña para prevenir que se propagara la tifoidea a ciudades norteamericanas, a raíz de un brote ocurrido el año anterior en México.
Así que en los puertos de entrada a Estados Unidos los trabajadores mexicanos eran desnudados y bañados en keroseno y vinagre, mientras sus ropas y calzado eran secados al vapor, en un trato denigrante. Desde un año antes incluso se combinaba gasolina como insecticida para matar los piojos que muchos norteamericanos creían que infestaban a los mexicanos.

En El Paso, las autoridades locales destruyeron viviendas de cientos de familias de origen mexicano ante el temor de que estuvieran enfermas. El alcalde de la ciudad, Tom Lea, tras haber sido elegido, envió un telegrama a Washington donde dibujó el sentimiento que existía en relación con los mexicanos.
«Cientos de sucios, piojosos e indigentes mexicanos que llegan diariamente a El Paso traerán y esparcirán sin duda el tifus a menos que se implemente una cuarentena», escribió.
Quería que apenas cruzaran se les aislara por unos días hasta tener certeza de que estaban “limpios”. Aunque las autoridades federales no consideraron necesaria esa medida, sí ordenaron que todas las personas que ingresaran al país por la frontera fueran sometidas a un proceso de “desinfección”, mediante baños químicos destinados a eliminar piojos y prevenir la propagación de enfermedades como el tifus.

La quema de mexicanos que desató la furia de Villa
Meses antes de la manifestación en el puente, conocida también como “La Protesta de los Baños”, ocurrió un fenómeno trágico en la cárcel de El Paso, donde 28 presos murieron quemados después de haber sido bañados con combustible bajo el pretexto de la desinfección.
Los reportes de la época mencionan que uno de los internos prendió un cerillo y, al encontrarse vaporizada la gasolina en el ambiente, ocurrió una explosión seguida de incendio. Al menos 19 de los muertos eran mexicanos.
Otra versión apunta a que fue el propio alcalde Tom Lea quien dejó caer accidentalmente el cerillo encendido. También se ha dicho que la invasión que hizo Pancho Villa al poblado de Columbus, en Estados Unidos, el 9 de marzo de 1916, se detonó en parte por el coraje que sintió al enterarse de la quema y muerte de mexicanos derivada de esas políticas indignantes.
Así surgió Carmelita
Pero volviendo al tema de Carmelita Torres, además de los baños que se aplicaban a los mexicanos con el argumento de combatir enfermedades, también corrían rumores entre las mujeres que cruzaban diariamente a El Paso. Se decía que durante las inspecciones algunos soldados tomaban fotografías cuando las obligaban a desnudarse y que luego mostraban esas imágenes en cantinas de esa ciudad.
Otras conversaciones referían que algunas mexicanas eran ultrajadas por militares e incluso que había mujeres que habían sido quemadas vivas en los baños de desinfección, por lo que el ambiente entre las trabajadoras no era solo de vergüenza, sino también de miedo y coraje. El periódico El Paso Herald tachaba esos rumores como “historias que circulaban entre gente ignorante de Juárez”.
Así llegó la mañana del 28 de enero de 1917 con los ánimos tensos. El día anterior —sábado— habían fumigado a 400 mexicanos en la planta.
Carmelita viajaba en el tranvía rumbo a su trabajo cuando, al llegar a la aduana, solicitó permiso para no ser sometida al baño sanitario, pero se lo negaron. Entonces pidió que le devolvieran el dinero del transporte para regresar a Juárez, y también se lo rechazaron.
Fue en ese momento cuando comenzó la protesta. Carmelita incitó a las otras 30 mujeres que viajaban con ella para que descendieran y empezaran una manifestación.

De 30 mujeres a miles en el puente
En poco tiempo ya no eran 30, sino 200, y en unas horas la cifra alcanzó alrededor de dos mil personas, principalmente mujeres. El puente fue bloqueado y los tranvías que llegaban desde México con más trabajadoras domésticas se detenían, mientras las pasajeras descendían para sumarse a la protesta.
Muchas mujeres se acostaron sobre las vías para impedir el paso. Los conductores norteamericanos de otros tres o cuatro tranvías fueron insultados e incluso agredidos físicamente, mientras que a los automóviles de ciudadanos estadounidenses les rompían los focos o les rasgaban los techos.
Las crónicas de la época refieren que miles de curiosos comenzaron a reunirse en las orillas del río Bravo para observar aquella escena inusual. Ni siquiera los soldados enviados desde Fort Bliss lograron dispersar a los manifestantes; hicieron disparos al aire, pero no surtieron ningún efecto.

Ni soldados ni fusiles lograron intimidarlas
Del lado mexicano llegó el llamado “Escuadrón de la Muerte”, comandado por el general carrancista Francisco Munguía, quien llevaba un estandarte con una calavera y huesos cruzados. Eran conocidos por no tomar prisioneros y matar al instante, pero frente a la multitud de mujeres la escena terminó siendo casi ridícula.
Los soldados de caballería sacaron sus sables y apuntaron hacia la multitud, pero las manifestantes lideradas por Carmelita Torres no demostraron miedo. Se burlaron de ellos, los abuchearon y les lanzaron pequeñas piedras que, según reportó El Paso Herald, causaron más ruido que daño.
En medio del caos, un hombre mexicano que se acercó a la manifestación gritó: “¡Muerte a Carranza! ¡Viva Villa!”. Fue fusilado en el acto.
Finalmente la protesta encabezada por Carmelita Torres no logró detener las políticas de desinfección. El Gobierno de Estados Unidos continuó aplicando el llamado “despiojamiento” a los migrantes mexicanos durante otros 40 años, rociando incluso a los braceros con DDT hasta finales de la década de los 50.
La mujer que desapareció de la historia
Algunos han comparado la historia de Carmelita con la de Rosa Parks, la costurera afroamericana que en 1955 se negó a ceder su asiento en un autobús en Montgomery, Alabama, gesto que detonó uno de los movimientos por los derechos civiles más importantes en Estados Unidos.
Pero el destino de Carmelita fue muy distinto. Los baños humillantes continuaron y tan solo en 1917, el mismo año de la protesta, más de 127 mil mexicanos fueron sometidos a ese procedimiento.
De Carmelita Torres no quedó prácticamente ningún rastro. No existe una fotografía suya ni registros de quiénes eran sus familiares o dónde vivía en Juárez.
De acuerdo con David Dorado Romo, varios historiadores fronterizos intentaron averiguar algún dato sobre su paradero, pero los esfuerzos fueron infructuosos. No se descarta que, a raíz de aquella protesta, haya sido encarcelada o incluso desaparecida.
De su existencia solo queda constancia en los reportes periodísticos de la época, donde fue bautizada con un nombre que aún resuena en la historia de la frontera: la amazona de cabello rojo.