Junto a diques, cerca de panteones, al pie de cerros y en calles de terracería. Los lugares donde abandonaron a 97 personas asesinadas y envueltas en cobijas entre enero y octubre de 2026 dibujan una geografía que atraviesa zonas habitacionales y espacios de la periferia de Ciudad Juárez.
Los hallazgos no se distribuyen de manera uniforme. Mientras el suroriente y los poblados del Valle de Juárez reúnen poco más de la tercera parte de los registros, hay sectores completos donde no aparece un solo caso.

¿Qué revela ese mapa sobre la forma en que son abandonados los cuerpos? ¿Qué queda fuera de una estadística que los agrupa bajo la palabra «encobijados»?
El análisis de georreferenciación, realizado con apoyo de personal del Observatorio Ciudadano de Ficosec, permite ubicar los lugares donde se encontraron las víctimas durante esos diez meses.

Los 97 casos representan el 21.9 por ciento de las 442 víctimas de homicidio contabilizadas en ese periodo: más de una de cada cinco.
De acuerdo con el observatorio, alrededor de 7 de cada 10 homicidios del total estarían relacionados con el crimen organizado. Esa proporción corresponde al conjunto de las víctimas y no establece, por sí misma, cuántas de las personas encontradas entre cobijas pertenecen a esa clasificación.

Los lugares donde termina la ciudad
Una característica que se repite en el mapa es la presencia de cuerpos junto a espacios con poca ocupación: diques, presas, campos deshabitados, cerros y puntos donde terminan las áreas habitacionales.
También aparecen en las inmediaciones de las bardas del aeropuerto internacional Abraham González y a las orillas de la Acequia Madre, en calles angostas de terracería.
Las características de esos espacios podrían facilitar el abandono con pocos testigos. El mapa registra dónde se encontraron los cuerpos, sin establecer que a las víctimas las hayan asesinado en esos mismos sitios.

En el suroriente, incluyendo Riberas del Bravo y los poblados del Valle de Juárez, se contabilizaron 36 cuerpos, equivalentes al 37.1 por ciento de los 97 registros.
Dentro de esa franja, San Isidro reunió ocho víctimas, incluida una mujer, y fue el punto con mayor concentración en el análisis. En Riberas del Bravo se contabilizaron cinco y, en puntos más alejados del Valle, otras dos.
En el periférico Camino Real y su entorno cercano se ubicaron seis cuerpos; en Los Kilómetros, cuatro.
Las inmediaciones de los panteones también aparecen entre los lugares de hallazgo: un caso cerca de Chaveña y dos en torno a Colinas de Juárez.
En el extremo poniente se registraron dos en la colonia Ampliación Felipe Ángeles. En cambio, en Anapra y Lomas de Poleo no aparecen casos dentro del periodo.
Las zonas donde no aparecen registros
La ausencia de hallazgos también delimita áreas en el mapa.
Una de ellas se extiende, aproximadamente, desde la avenida de las Américas hasta un poco más allá del bulevar Antonio J. Bermúdez, y desde el río Bravo hasta la avenida Pedro Rosales de León.
El análisis identifica esa superficie con el Distrito Universidad de la Policía Municipal, que comprende sectores de la denominada zona dorada, entre ellos El Campestre, Los Nogales, Fuentes del Valle, San Lorenzo, El Pronaf, Campestre Arboleda y Valle Verde.

Tampoco aparecen registros en la Zona Centro ni en colonias de la parte antigua de la ciudad como Bellavista, Altavista, Barrio Alto, Francisco I. Madero, Del Carmen, San Felipe del Real, Arroyo Colorado y Lázaro Cárdenas.
La ausencia de cuerpos envueltos en cobijas no equivale a ausencia de homicidios o de otras formas de violencia. La georreferenciación muestra la distribución de esta forma de abandono, aunque por sí sola no explica las diferencias entre sectores.

¿Por qué envolver un cuerpo?
Para el consultor en seguridad Alexei Chévez, envolver a una víctima en una cobija no constituye, por sí mismo, una señal distintiva de una organización criminal.
Su explicación se centra en cuestiones prácticas: facilita cargar y transportar el cuerpo, además de contener los fluidos.
«Es más fácil de transportar, no suelta fluidos y no tienes por qué verla (a la víctima)», señala.
Chevez añade que cubrirlo evita que quienes lo trasladan tengan que mirar a la víctima, particularmente cuando presenta huellas de tortura o mutilación. A su juicio, esa distancia visual puede reducir la incomodidad de conciencia que les produce observar el cuerpo.
Un cuerpo envuelto es, entonces, «más fácil de cargar y trasladar que si lo hicieras con el cuerpo suelto», explica.

Para Carlos Murillo, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), una de las principales limitaciones de la categoría «encobijado» es que describe la condición en que se encuentra un cuerpo, pero no necesariamente la causa de muerte.
El académico explica que las clasificaciones que utiliza Ficosec reúnen características distintas: algunas se refieren al uso de armas de fuego o armas blancas; otras, a la presentación de los cuerpos.
En este último supuesto, al momento del hallazgo todavía puede desconocerse cómo murió la víctima.
Por ello, contar los cuerpos encontrados entre cobijas permite dimensionar la recurrencia de esa práctica, pero no sustituye la información pericial sobre las lesiones y las causas de muerte.
Murillo considera necesario revisar estas características incluso cuando disminuye el total de homicidios. Una reducción general, explica, puede coexistir con una presencia relevante de determinadas formas de violencia.
Señala que tanto en 2025 como en 2026 ha habido una tendencia a la baja en los homicidios; sin embargo, llama la atención sobre la proporción de víctimas localizadas entre cobijas.
Desde su perspectiva, las estadísticas generales pueden ofrecer una lectura incompleta si no se examinan las características particulares de los hechos.

La disputa por las evidencias y la disolución de las personas
Murillo plantea que la profesionalización de las investigaciones también enfrenta cambios en la operación de los delincuentes.
Así como las autoridades desarrollan capacidades periciales para esclarecer homicidios, las organizaciones criminales pueden modificar sus métodos para ocultar evidencias y evadir la justicia, sostiene.
El investigador considera que Chihuahua cuenta con personal especializado y capacidades periciales sólidas. Al mismo tiempo, advierte que esas herramientas se enfrentan a grupos que también adaptan sus formas de actuar.
Examinar las condiciones de los hallazgos permite formular preguntas que el número total de homicidios deja abiertas: cómo fueron trasladadas las víctimas, por qué fueron abandonadas en determinados puntos y qué evidencias pueden recuperarse de esos lugares.

El término «encobijado» también tiene implicaciones en la manera de nombrar a las víctimas.
En su estudio «La narcomáquina y el trabajo de la violencia: Apuntes para su decodificación», Rossana Reguillo, investigadora del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), explica cómo la violencia transforma la identidad de las personas asesinadas.
En el contexto de la confrontación entre grupos del crimen organizado, los cuerpos dejan de ser vistos como personas con una identidad singular —María, Pedro, Juan— y sufren lo que denomina un proceso de disolución de la persona.
A través de la «narcomáquina», los cadáveres se convierten en categorías abstractas u objetos expresivos: «encobijados», «desmembrados», «encajuelados».
«Dejan de ser seres humanos y pasan a convertirse en un mensaje explícito de terror, control territorial y poderío disciplinante hacia la sociedad y los grupos rivales», afirma.
Reguillo hace referencia a la obra Encobijados, que la artista Teresa Margolles exhibió en distintos espacios museográficos en 2006. Para esa instalación utilizó cobijas reales y ensangrentadas que habían sido empleadas para envolver cadáveres.
La investigadora también advierte la paradoja del término: una cobija debería proteger y dar calor; en estos casos, se utiliza para envolver y «entregar» el cuerpo de una persona asesinada.
En Juárez, esa palabra reúne a 97 víctimas en diez meses. Describe cómo fueron encontradas. Sus identidades, las circunstancias de sus muertes y las responsabilidades detrás de cada crimen requieren una explicación que el mapa, por sí solo, no puede ofrecer.
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Por Ignacio Alvarado Álvarez