En el Panteón San Rafael, alrededor de 2 mil 500 personas habrían sido sepultadas en la fosa común, de acuerdo con datos periodísticos e información de años anteriores de la Fiscalía General del Estado (FGE), Zona Norte.
Son personas que murieron en circunstancias distintas. Algunas fueron víctimas de homicidio o de otros hechos violentos; otras eran migrantes, sufrieron accidentes o fallecieron por causas naturales o desconocidas.
No todas fueron reportadas como desaparecidas, ni todas las personas desaparecidas terminan en ese lugar.
Sin embargo, entre quienes permanecen bajo tierra hay miles de personas cuya identidad todavía no ha sido esclarecida y otras cuyos restos no han sido reclamados.

Tienen un número, un expediente y un espacio asignado bajo la tierra. Algunas llevan años ahí; otras llegaron hace apenas unos meses.
Sus huellas dactilares, registros dentales, fotografías post mortem y muestras genéticas forman parte de archivos que podrían devolverles el nombre que perdieron.
Pero detrás de cada clave existió una persona que tuvo una vida lejos de esa fosa y, posiblemente, alguien que todavía pregunta por ella o que ni siquiera se ha enterado de su fallecimiento.
Semanas atrás, las lluvias recientes dejaron su huella en el terreno del Panteón San Rafael.
Entre la tierra húmeda y la vegetación que creció de manera natural por la humedad, los olores provenientes de las sepulturas se volvieron perceptibles para quienes recorren el lugar.
Las moscas sobrevuelan algunas zonas, mientras pequeñas flores de árnica en tonos morados y flores verbesinas doradas crecieron sobre las fosas, como anticipándose al Día de Muertos.
Entre la vegetación también aparecieron abejas, pinacates, polillas y saltamontes, formas de vida que se abrieron paso en un espacio marcado por la muerte.
Y mientras los restos permanecen ocultos, la naturaleza sigue su curso.

Las flores cubren parcialmente la tierra y las hierbas crecen alrededor de las estacas que identifican cada sepultura, decorando un espacio donde hay tumbas sin nombres, sin flores depositadas por familiares y sin personas que acudan a visitarlas.
A medio metro de profundidad, según lo observado en el lugar, los restos humanos descansan en cajas de madera y aluminio.
En el exterior, barras metálicas blancas con códigos negros señalan los sitios donde fueron depositados.
Donde debería haber un nombre, hay un número.
La última inhumación registrada en la información recabada para este trabajo ocurrió el 11 de septiembre de 2026.
Aquel día, bajo los 37 grados del desierto, fueron sepultados restos de personas que permanecían sin identificar desde 2022, junto con otros correspondientes a casos más recientes, de 2025.

Una fosa que creció con la violencia
La fosa común llegó al Panteón San Rafael en 2008, cuando Ciudad Juárez entraba en uno de los periodos más violentos de su historia. Desde entonces, bajo esa tierra se han acumulado los restos de miles de personas, algunas sin identificar y otras que nadie ha reclamado.
Entre 2008 y 2018 se registraron más de mil inhumaciones. Para 2020, la cifra histórica rondaba las 2 mil personas sepultadas. Los entierros continuaron en los años siguientes, pero no se sabe con certeza cuántos de esos cuerpos permanecen ahí sin nombre.
La Fiscalía General del Estado no proporcionó a Norte Digital información actualizada para establecer cuántas personas siguen sin identificar, cuántas han recuperado su identidad o cuántas fueron exhumadas.
Y mientras las cifras permanecen sin esclarecer, los expedientes conservan huellas dactilares, fotografías, registros dentales y muestras genéticas que podrían ayudar a reconstruir una identidad.
Desde octubre de 2025 existe una base de datos pública del Servicio Médico Forense (Semefo), abierta a partir de una solicitud del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte. Sin embargo, contar con registros no significa que todas las familias hayan encontrado a quienes buscan.

Cuando encontrar un nombre no termina la espera
Entre las barras metálicas que identifican las sepulturas del Panteón San Rafael hay algunas cruces religiosas. Son señales de que, en ciertos casos, una familia logró encontrar a su ser querido y dejó una marca que distingue su sepultura de las demás.
Pero la identificación no siempre significa que los restos puedan trasladarse de inmediato.
Reconocer a alguien que había estado desaparecido puede ser apenas el comienzo de un nuevo proceso de trámites, autorizaciones y gastos.
Las posibilidades de exhumación dependen de las condiciones de cada caso, de las autorizaciones correspondientes y de los procedimientos que deban realizarse.
También intervienen las posibilidades económicas de las familias.
Una vez que obtienen las autorizaciones de la Fiscalía y reúnen la documentación necesaria, deben contratar los servicios correspondientes para realizar la exhumación y preparar los restos, según el tiempo que hayan permanecido enterrados.
La funeraria Ríos informó que una exhumación suele costar 12 mil pesos, cantidad que incluye un ataúd económico de madera.
Si la empresa se encarga de los trámites con el panteón, el costo aumenta alrededor de 3 mil 900 pesos. A ello se suma el traslado y el entierro en otro cementerio.
De acuerdo con la funeraria, un entierro en Jardines del Recuerdo puede alcanzar los 40 mil pesos, mientras que en el Panteón Tepeyac ronda los 16 mil 500 pesos, debido a que cuenta con fosas recuperadas.

Los montos son referencias proporcionadas por la empresa y pueden variar según las características de cada servicio.
Para las familias que no pueden afrontar esos gastos existe otra posibilidad: dejar a su ser querido en la fosa común y colocar una cruz con su nombre.
Así, una sepultura que antes solo podía reconocerse mediante un código, se convierte en un sitio donde alguien puede acudir, recordar y rendir homenaje. Un lugar donde, después de meses o años de incertidumbre, una familia puede finalmente pronunciar un nombre frente a una tumba.
Y mientras eso ocurre, bajo la tierra del Panteón San Rafael permanecen otros restos, otros expedientes y otras historias sin resolver.
Personas que alguna vez tuvieron un nombre y que todavía esperan que alguien pueda recuperarlo y pronunciarlo otra vez.