A las 6:30 de la mañana, cuando Ciudad Juárez apenas comienza a despertar, dentro del monasterio de las Hermanas Capuchinas de Santa Clara del Monasterio de Cristo Rey ya hay una voz que se repite.
“Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme…”
El rezo de las hermanas marca el comienzo de otro día detrás de los muros del monasterio en la colonia Chaveña. Aquí viven 10 mujeres. La mayor tiene 76 años; la menor, 33.
Durante 75 años, el monasterio ha recibido a religiosas que decidieron entregar su vida a Dios. Algunas llegaron siendo jóvenes y otras permanecieron hasta envejecer entre estos mismos pasillos. Hoy, las arrugas de algunas de ellas cuentan parte de esa historia.
Pero el monasterio no es un lugar detenido en el tiempo, pues todo transcurre como en la vida exterior.
Una escoba se escucha sobre el piso del patio. El aire mueve las flores. En la cocina, los trastes recién lavados esperan en su lugar. Una hermana realiza el aseo. En una sala de espera hay sillones, cuadros religiosos y una luz cálida que apenas rompe con las paredes color crema. Y aunque pareciera que el silencio domina casi todos los rincones, no es absoluto. Se escucha el aire, el roce de la escoba contra el piso, algún movimiento detrás de una puerta. Son sonidos pequeños que, dentro del monasterio, simbolizan que alguien sigue ahí.
Al fondo del patio está la capilla. Ahí están los santos de cerámica: miden alrededor de medio metro y permanecen distribuidos en distintos espacios. La luz que entra por las ventanas alcanza sus figuras y hace brillar sus rostros. Sus vestuarios por momentos parecen hechos de tela.
Ahí es donde las hermanas se acercan a Dios y también comienza a entenderse que la vida dentro del monasterio no consiste en esconderse del mundo exterior, sino en pedir por quienes viven en él.



Fotos: Christian Torres
Una casa que estuvo a punto de desaparecer
El monasterio sobrevivió incluso a uno de sus momentos más difíciles, porque en el año 2000 estuvo cerca de cerrar sus puertas. Eran pocas las religiosas que podían sostenerlo y muchas de ellas ya eran mayores o estaban enfermas. Algunas ya no podían cuidarse entre sí. Entonces llegaron desde Zacatecas las hermanas Betty y Elena.
“Ya, por ejemplo, todas las enfermas que ellas tenían, ya murieron”, recuerda Amada Selene, la hermana más joven de la comunidad.
Las religiosas que llegaron ayudaron a sostener una comunidad que parecía quedarse sin manos para continuar. Sin embargo, 26 años después, el monasterio resiste.
“Llegar a 75 años no es fácil, pero seguimos aquí, de pie, aunque casi nadie nos conozca”, dice Selene.
La permanencia, sin embargo, no depende solamente de la oración, ya que las hermanas confeccionan ropa clerical y vestiduras litúrgicas. Algunas telas las compran en Modatelas, mientras que para trabajos especiales reciben, desde la Ciudad de México, materiales con diseños o telas de mejor calidad.
También venden hostias y, cada domingo, abren la ventanilla del frente y venden empanadas, galletas o pasteles bajo pedido. Las empanadas de piña, cuentan, son de las que más demanda tienen. Con esas actividades sostienen una casa que, para ellas, no solo representa una forma de servicio, sino también un acercamiento más profundo en el que Dios las ama y ellas a él, tal como lo menciona la hermana Selene.



El monasterio detrás del hábito
La hermana Amada expresa que la gente de fuera suele verlas como si no fueran normales. Al no estar acostumbradas a recibir visitas, las hermanas ríen nerviosas con nuestra presencia y no pueden parar de reír mientras se miran unas a otras.
Expresan que durante mucho tiempo el monasterio fue, precisamente, un lugar que pocos podían conocer desde dentro. Pero actualmente se encargan de desmontar esa imagen, pues en realidad no son mujeres alejadas de todo lo que ocurre afuera.
La hermana Amada Selene incluso dijo que en algunos otros monasterios tienen Wii o algunos videojuegos. Aunque aquí no es el caso, sí realizan otro tipo de actividades: pueden bailar cumbias, cantar canciones pop, reírse y hasta tomar siestas por las tardes. Porque el lugar no busca solamente conservar una tradición; busca formar a quienes deciden amar a Dios como él las ama, expresa Selene.



Entre la oración y el servicio a los demás
A las 6:30, las hermanas rezan laudes, oración que simboliza la resurrección de Cristo, “como luz que vence la oscuridad”. A las 9:00 de la mañana, las hermanas almuerzan.
Posteriormentre, a las 10:00 comienza el aseo y, durante esas horas, el patio cambia de sonido. Mientras las flores anaranjadas, amarillas y rosas contrastan con las paredes, el olor del césped llega hasta quienes caminan por ahí.
Después de las dos de la tarde, cuatro días a la semana, el monasterio también abre sus puertas para entregar alimentos a personas que llegan buscando algo para comer. Algunas son personas sin casa o “borrachitos”, explican las hermanas.
Desde estos muros, la oración se convierte en acompañar a los que no tienen, no solo con comida, sino también con champurrado de chocolate y guayaba en Navidad.
El monasterio ha visto pasar generaciones de religiosas, ha enfrentado momentos en los que parecía imposible continuar y también ha encontrado nuevas formas de acercarse a una comunidad que durante mucho tiempo apenas sabía que existía.



Ahora, las hermanas mantienen sus redes sociales y buscan que los juarenses conozcan quiénes son. La iniciativa resurgió con la llegada de la hermana más joven, quien dice que para ellas es importante que se difundan su labor y su existencia.
No quieren que las personas solamente sepan que existe un monasterio; quieren que sepan que dentro hay mujeres. Mujeres que ríen, cocinan, trabajan, estudian, que se enferman, envejecen y que también tienen historias antes del hábito.
Selene lo resume de una manera sencilla: “No somos las monjas de las películas”, y quizá eso sea lo que más sorprende al entrar. Porque detrás de los muros no hay solamente silencio: hay una casa, hay 10 mujeres y 75 años de historia. Y, desde las 6:30 de cada mañana, hay también una voz que vuelve a pedir lo mismo que ha pedido durante generaciones: el bienestar de todos los juarenses.

Selene: la joven que dejó una vida trazada para aprender a amar diferente
Selene, por ejemplo, antes de vestir el hábito estudiaba Psicología, tenía novio, trabajaba y había construido planes para continuar con una maestría y después un doctorado. Tenía incluso su propio consultorio y colaboraba con una asociación civil.
Su historia terminó llevándola hasta aquí. A 11 años de haber ingresado, es la integrante más joven de la comunidad.
Cuenta que el monasterio no solo es un lugar en el que “se reza”, sino un lugar que ayuda a encaminar cada una de sus vidas, con amor y aprendizaje.
Una de las cosas que también caracterizan a la vida monástica es que les enseñan todo lo que se hace dentro; por ejemplo, tejer, cocinar y también tocar una variedad de instrumentos.
Durante su adolescencia, Selene quería aprender a cantar, pero no encontraba dónde hacerlo. Una amiga la invitó a un coro de la iglesia y ahí descubrió algo que le llamó la atención: las personas cantaban con una intensidad que ella no comprendía.
“Cantaban como si estuvieran enamoradas”, expresó. Y, en cierto modo, lo estaban.
“Mi sueño no era ser religiosa. Mi sueño era amar mucho a Dios”, recuerda ahora, después de 11 años de haber ingresado al monasterio.
Primero vino el aspirantado, un periodo en el que pudo conocer la comunidad y discernir si aquella era realmente la vida que quería. Al mismo tiempo, terminaba la universidad y atravesaba uno de los momentos más difíciles: despedirse de su novio.
Paradójicamente, aquella relación terminó convirtiéndose en parte de su decisión, porque su novio sabía lo que estaba ocurriendo e intentaba conquistarla con flores, detalles y muestras de cariño. Pero Selene comenzó a interpretar aquellos gestos de una manera distinta.
“Si así me ama un hombre, ¿cómo no me amará Dios?”, pensaba.
Selene llegó a considerar que aquel hombre había sido una especie de profeta en su historia: alguien que le mostró, a través de sus gestos, cómo podía sentirse amada.

Una decisión que sorprendió a su familia
Después llegó el momento de contarle a su familia. Y tampoco fue sencillo, porque ellos no se lo esperaban, pues la imagen “tradicional” que tenían de ella no coincidía con una “futura monja”.
Ella misma se describe como alegre, ruidosa, “callejera” y fiestera, pues le gustaba ir a karaokes o escuchar rock. No era la joven callada y sumisa que su familia imaginaba cuando pensaba en una religiosa.
Además, había conseguido aquello por lo que había trabajado durante años: un buen empleo, un consultorio propio y la posibilidad de construir una carrera.
Uno de sus hermanos cuestionó que dejara una vida económicamente estable y, a la vez, su madre tampoco quería verla partir. Su padre, en cambio, le dijo que era su vida y que, si aquello era lo que quería, debía hacerlo.
Selene finalmente entró al monasterio. Hoy tiene 33 años, pero entonces tenía poco más de 20. Y cuando recuerda a aquella joven que tenía miedo de modificar el rumbo que había trazado para su vida, no habla de renuncia. Habla de felicidad.
“En ese momento no piensas que estás dejando nada, porque estás cumpliendo tu sueño”.
Hoy el monasterio continúa y Selene también. Además, afirma que, cuando se acercan jóvenes, no intentan convencerlas de convertirse en religiosas. Su propósito, explica, es acompañarlas para que descubran cuál es su vocación, incluso si esa respuesta las lleva lejos del monasterio.
Porque, para ella, encontrar una vocación no significa necesariamente terminar detrás de los mismos muros que ella eligió; significa descubrir dónde se puede vivir plenamente.
Hoy le diría a su antigua Selene: “Atrévete a amar diferente”. Y quizá ahí se encuentra la parte más inesperada de su historia, pues no dejó de buscar la vida que había imaginado: encontró otra. Una que no estaba en sus planes, pero que, después de 11 años, todavía está dispuesta a vivir por el resto de sus días, aunque aún, en ocasiones, su familia siga oponiéndose, pues ellos pueden visitarla una vez cada tres meses.