César Fierro salió de prisión en mayo de 2020, después de pasar 40 años encarcelado en Texas y enfrentar 17 fechas de ejecución. Recuperó la libertad, pero no la vida que dejó cuando tenía 22 años.
Ahora tiene 69 y en noviembre próximo cumplirá 70. Espera que la muerte no toque a su puerta antes de que el Gobierno de Estados Unidos lo reconozca formalmente como inocente y responda por las cuatro décadas que permaneció encerrado, más de la mitad de ellas en aislamiento.
En entrevista exclusiva con Norte Digital, el juarense reconstruye el momento en que fue obligado a firmar una confesión en inglés bajo la amenaza de que policías de Ciudad Juárez torturarían y matarían a su madre y a su padrastro.
También habla de los años en el corredor de la muerte, de las ocasiones en que se preparó para recibir la inyección letal y del regreso a una ciudad donde su madre y todos sus hermanos ya habían muerto.
“Me dieron un infierno”, resume.
Cuando fue acusado de matar al taxista Nicolás Castañón en El Paso, Texas, en 1979, Fierro confiaba en que todo se aclararía y sería dejado en libertad porque, sostiene, era inocente.
Y salió libre, pero 40 años después.
Entró a prisión siendo un joven vigoroso y salió convertido en un adulto mayor. La pregunta que mantiene abierta es quién le devolverá esas cuatro décadas, de las cuales al menos la mitad las pasó en aislamiento total, como muerto en vida, sin saber si era de día o de noche y al borde de la locura.
Fue condenado a morir mediante inyección letal. En 17 ocasiones le fijaron fecha de ejecución y, en cada una, sus abogados consiguieron aplazarla.
Vivió repetidamente al filo de la muerte, convencido de que transitaba por sus últimas horas. Con el tiempo, dice, su mente quedó adormecida y llegó un momento en que ya le daba igual si todo acababa o seguía respirando.
Aunque quedó libre en mayo de 2020, todavía espera que las autoridades estadounidenses lo declaren formalmente inocente y le otorguen algún tipo de compensación por haberlo mantenido preso sin demostrar su culpabilidad.
Nunca recibió una disculpa. Fue enviado a México sin un centavo en la bolsa y ni siquiera le entregaron de inmediato los 3 mil 800 dólares que había ahorrado durante años en prisión. Los recibió meses después mediante un cheque.
Hoy lucha por recuperar el nombre y la fama pública que perdió cuando fue señalado como asesino.

Una confesión firmada para salvar a su madre
Fierro sostiene que a la Policía de El Paso le urgía detener a alguien por el asesinato del taxista Nicolás Castañón y que las autoridades decidieron fabricar un culpable dispuesto a aceptar “voluntariamente” el crimen.
El 12 de mayo de 1979, acudió a visitar a su hermano a la prisión de El Paso. En cuanto ingresó, los agentes lo detuvieron bajo el argumento de que llevaba droga para entregársela.
No le encontraron nada, relata, pero de cualquier manera lo mantuvieron encerrado.
Alrededor de tres meses después de su arresto, los policías le presentaron un texto en inglés que contenía su supuesta confesión. César se negó a firmarlo.
Fue entonces cuando, según su testimonio, los agentes estadounidenses recurrieron a “sus amigos” uniformados de Ciudad Juárez, con quienes mantenían una colaboración especial.
El 1 de agosto recibió la llamada de un policía juarense identificado como Jorge Palacios. Le dijo que tenía detenidos a su madre, Socorro Reyna Romero, y a su padrastro, Alfredo Murga García.
La amenaza era directa: comenzarían a torturarlos hasta matarlos si César no aceptaba inculparse y firmaba la hoja que le presentaban los policías estadounidenses.
“No había nada que pensar ya”, expresa Fierro. Lo primordial era salvar a su madre.
Ahí comenzó formalmente su calvario. Después llegaron la condena a muerte y cuatro décadas de encierro.
Para Fierro y sus abogados, se trató de la fabricación de un “chivo expiatorio”, en la que actuaron en contubernio autoridades de ambos lados de la frontera.
En 2024, tras investigar el caso, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) reconoció que la madre y el padrastro de César fueron víctimas de detención ilegal y tortura. La recomendación confirmó que su confesión fue obtenida bajo coacción y señaló el perjurio policial.
“Ahí me quedé hasta mayo de 2020”
César aún recuerda con precisión el día en que salió de su casa para visitar a su hermano, sin imaginar que tardaría 40 años en recuperar la libertad.
“En ese día estábamos en un apartamento nuevo, yo y mi señora. Me despedí de ella porque le dije que iba a ver a mi hermano al condado de El Paso. Me fui caminando desde ahí, donde está el Puente Libre, hasta el condado de El Paso, por la calle Delta”, relata.
“Al llegar al condado, en cuanto entré, me arrestaron. Me llevaron a un cuarto y me registraron a ver qué traía, y pues no me encontraron nada. Pero, de todos modos, me dejaron ahí y después me subieron con los demás presos. Ahí me quedé hasta mayo de 2020”, resume.
El comandante Palacios fue, según su testimonio, quien lo amenazó para que firmara la confesión. Si se negaba, les aplicarían “la chicharra”, descargas eléctricas, a sus familiares.
Años después, la CNDH documentó que Palacios había formado parte de la Brigada Blanca, una especie de policía secreta mexicana, y que tenía varias acusaciones de tortura.
Los años siguientes también estuvieron marcados por los abusos de los guardias. Fierro dice que todavía no sabe si lo maltrataban por ser mexicano o porque simplemente “les caía gordo”.
“Me dieron un infierno”, recalca.

Diecisiete veces frente a la muerte
En 1980, con una acusación sustentada casi exclusivamente en la confesión forzada y sin pruebas físicas como huellas, ADN o un arma, un jurado de Texas condenó a César Fierro a la pena capital.
Fue enviado a la Unidad Polunsky, en Livingston, Texas, donde permaneció más de 20 años en confinamiento solitario.
Pasaba 23 horas al día dentro de una celda diminuta, sin contacto humano directo ni luz natural. No sabía si afuera era de día o de noche.
Durante su encierro recibió 17 fechas de ejecución. En varias ocasiones estuvo a unas horas de recibir la inyección letal y tuvo que prepararse para morir, antes de que sus abogados consiguieran una suspensión temporal.
El caso alcanzó notoriedad internacional porque Fierro fue considerado el mexicano que más tiempo había permanecido en el pabellón de la muerte.
Cuando se le pregunta si tuvo momentos de paz en prisión, responde que, si acaso, llegaron durante los últimos dos años, cuando su abogado comenzó a darle noticias favorables sobre una posible liberación.
Su defensa, respaldada por el Consulado mexicano y organizaciones activistas, expuso las irregularidades del proceso. Incluso fiscales que participaron originalmente en el caso llegaron a admitir años después que la confesión había sido obtenida bajo coacción.
La Policía de El Paso también había detenido a otros dos sospechosos del asesinato del taxista. Uno de ellos tenía 16 años y padecía una enfermedad mental. Fue liberado a cambio de testificar contra Fierro.
Además, la persona que le rentaba una habitación a César declaró que, el día del homicidio, él se encontraba en el departamento. Ese testimonio, señala la defensa, no fue tomado en cuenta.
La vida que dejó en la frontera
Antes de que su vida cambiara abruptamente, César Fierro pasó su niñez y adolescencia en Ciudad Juárez.
Estudió hasta quinto grado en la primaria Cuauhtémoc, ubicada en la colonia Hidalgo.
Recuerda que su madre lo llevaba a comer tacos de sangre al mercado Cuauhtémoc, mientras que su padre lo invitaba a comer flautas en el mercado Hidalgo.
También acudía al Mercado Juárez para comer cóctel de camarones y caldo de huachinango, o iba a El Centenario por burritos de carne deshebrada.
De mozuelo acudía al cine con su novia o con sus amigos. Le gustaba recorrer las colonias Chaveña y Obrera y, de vez en cuando, pasear por el área de Las Américas.
Sus últimos cuatro años en libertad los vivió en El Paso con su esposa. Juntos iban al parque Ascarate y a las montañas Franklin.
Cuando fue detenido, dejó de ver de la noche a la mañana a su esposa, sus hijos y su madre.
Regresó, pero su familia ya no estaba
En diciembre de 2019, la Corte de Apelaciones Penales de Texas anuló la sentencia de muerte al determinar que el jurado original había recibido instrucciones defectuosas y no había considerado pruebas atenuantes.
Debido al tiempo que ya había permanecido en prisión, la Fiscalía de El Paso decidió no buscar un nuevo juicio con pena de muerte.
En mayo de 2020, César Fierro recuperó la libertad y fue repatriado de inmediato a México.
Cuando volvió a Ciudad Juárez descubrió que su madre y todos sus hermanos habían fallecido durante las décadas que pasó encerrado.
Cuatro años después, la CNDH emitió una recomendación en la que corroboró la detención ilegal y la tortura de su familia. También ordenó al Gobierno del Estado de Chihuahua y al Municipio de Ciudad Juárez reparar el daño.
Las autoridades juarenses colocaron una placa con el nombre de César Fierro en un parque de la colonia Bellavista. Sin embargo, hasta la fecha no ha recibido una compensación económica por las cuatro décadas que pasó encerrado.
Actualmente vive en la Ciudad de México e intenta adaptarse a un mundo tecnológico y social completamente distinto al que dejó en 1979.
Su historia inspiró los documentales Los años de Fierro, estrenado en 2014, y La libertad de Fierro, de 2024, ambos dirigidos por Santiago Esteinou.
César está libre, pero considera que su historia todavía no tiene un desenlace: espera una declaración formal de inocencia, una disculpa y la reparación por los 40 años que nadie podrá devolverle.