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Fotografía: Carlos Omar Barranco

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El lugar donde maduran las uvas, pero los servicios no

En la colonia María Teresa Rojas, donde una parra da uvas cada verano, la electricidad se va todas las tardes y la infraestructura urbana sigue siendo una promesa pendiente

Por Carlos Omar Barranco | Norte Digital | 10:35 am 1 agosto, 2026

Hay un lugar al surponiente de Ciudad Juárez donde vivir significa hacerlo sin las condiciones mínimas que cualquier ciudad debería garantizar. Un lugar donde el calor no deja dormir antes de la medianoche.

En la zona conocida como Los Kilómetros, la infraestructura no termina de llegar. La electricidad desaparece durante varias horas todos los días, el alumbrado público es insuficiente, la recolección de basura apenas alcanza las calles principales y los servicios básicos siguen dependiendo de soluciones provisionales. En verano, cuando la temperatura rebasa los 40 grados centígrados, las carencias pesan todavía más.

Paradójicamente, en esa misma tierra árida donde el calor parece abrasarlo todo, una parra puede echar raíces y regalar racimos de uvas en plena temporada de calor.

Es la casa de Mónica Becerril, asentada en la colonia María Teresa Rojas, dentro de la zona conocida como Los Kilómetros, al surponiente de la mancha urbana.

Ahí no pasa como en otras partes de la frontera, donde se sufre de apagones o cortes de luz intermitentes. La suspensión del suministro eléctrico es ineludiblemente todos los días y dura varias horas.

Con cuatro años y medio viviendo en esa Zona de Atención Prioritaria, Mónica sabe que, aunque la tierra es árida, se puede sembrar una parrita y cosechar las uvas.  Lo que no se puede, es irse a dormir temprano, porque a las 6 de la tarde se corta la electricidad y no vuelve hasta pasada la medianoche.

Nadie quiere saber lo que es tratar de conciliar el sueño con 40 grados Centígrados de sensación térmica en el aire. Todos están acostumbrados a pernoctar de esa manera. Siempre han vivido “colgando” cables de los postes de alta tensión para bajar la corriente eléctrica. Con esa conexión hechiza pueden usar refrigeradores, pantallas de televisión, carga de celulares, lavadoras y aparatos de aire o abanicos.

Adentro de las casas hay un submundo donde la comodidad apenas sobrevive, entre techos de lámina, madera y tierra compactada, y terrenos cercados con tarimas y alambre. Afuera es el infierno, en el día por el sol calentándolo todo y en la noche, por la música y la cerveza aturdiendo al barrio.

La calle de su casa, recién arreglada por el Municipio, ya no tiene el montículo que los vecinos habían levantado para que quienes conducen por ahí, no le den tan recio a la troca cada vez que anochece. Hay perros ladrando cada vez que alguien pasa, pero eso no detiene a nadie.

En los patios de las fincas resaltan los bidones, tambos de plástico o tinacos que las personas usan para almacenar agua.

Al sol del medio día –mientras se desarrolla la entrevista– no hay intenciones de salir de casa.

Entre los predios y las viviendas, se observan tiliches, carros estacionados y letreros pintados con aerosol: “Propiedad privada, no entre” o “Agua aquí por favor”.

Entre tanta pobreza es mejor no quedarse callado

La ropa secándose en los tendederos y los juguetes descoloridos son también parte del paisaje; una, tal vez meneada un poco por alguna que otra ráfaga de aire caliente, y los otros, esperando que, en horas menos sofocantes, puedan llegar los niños a moverlos.

Después de 38 años viviendo en Juárez, trabajando en maquilas o limpiando casas, Mónica ya le perdió el miedo a decir lo que piensa. A un lado de la casa, debajo de un arbusto, donde se pueden apreciar racimos de uvas verdes diminutas, hay una buena sombra para hacer la entrevista.

“Mucha gente se queda callada por miedo a que los dejen sin el servicio de agua, pero yo, la verdad, ya hasta me he agarrado con el pipero (operador del camión que reparte el agua, que se molesta con nosotros porque cuando pasa, el tambo está tapado”, dice, protegida por la enredadera.

Sucede que quienes les reparten el agua establecieron un acuerdo no escrito con los habitantes, para que cuando pasen por sus casas, ya les tengan destapados los tambos y así, solo metan la manguera y suelten el chorro.

A veces las personas no lo hacen, acusa, porque el camión surtidor tarda en pasar. Dejar destapado mucho tiempo el tambo puede ocasionar que se ensucie por dentro.

Con todo y que puede haber desavenencias en el trato con los operarios –sean del Municipio o de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento (JMAS) que administra el estado– el agua es necesaria. A ella le dura de tres a cuatro días, porque en su casa son cuatro familias y tiene nueve nietos, el más chico de meses.

“En el servicio del agua, yo digo que nada más nos dan atole con el dedo; nos dijeron que el amparo no sirve de nada”, relata, refiriéndose al recurso legal que recientemente llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), empujado por un grupo de vecinos que entablaron demandas.

El alumbrado público y la electricidad de uso doméstico, pasan por la misma precariedad.

Sin energía eléctrica hasta la media noche

“Ahorita ya como a las 6 de la tarde se nos va la luz y ya no hay hasta las 12 de la noche, 1 o 2 de la mañana”, señala.

“Nos salimos ahí afuerita –agrega– a que nos pegue un ratito el aire, no nada más nosotros, hay varias colonias, pero no nos arreglan nada”.

Es un problema grande para contarlo en apenas un párrafo, pero lo cierto es que, en este verano, ya se le descompuso el refri y para alumbrarse, tiene que prender solo un foco. La carga disponible, no da para más.

Ella, igual que sus vecinos, lo sabe. Lo supieron todos desde que decidieron irse a vivir ahí. No hay forma de hacer contratos de electricidad porque es un área de pobreza extrema.

“Todos estamos ‘colgados’ –admite– y yo ya fui a la Comisión de luz y me dijeron que juntara 10 firmas para que nos pusieran los postes, pero mucha gente no quiere hacerlo. No nada más para mí es el servicio, va a ser para todos, pero nadie quiere hacerlo”.

Es por eso que, en esas colonias, a un lado y otro de la carretera a Nuevo Casas Grandes, la mayoría de la gente no tiene medidor, al menos, no en los asentamientos más recientes, refiere.

En cuanto a la basura, pasa algo similar. El camión recolector –señala– solo pasa por la calle principal.

Cualquiera que se asome a tanta pobreza normalizada, se preguntaría por qué la gente opta por vivir de esa forma.

Desde el Gobierno o desde la academia puede haber muchas respuestas o hipótesis, pero para ella, es una ecuación simple. La pandemia se llevó las fuentes de trabajo y con ellas, mermaron los ingresos. No pudieron seguir pagando renta y terminaron consiguiendo un terreno barato en esa periferia.

Aunque sea de poquito en poquito y con todas las carencias que puedan soportar, la verdad es que ya han hecho vida en esa lejanía.

Nadie dice que no haya algún líder frotándose las manos para una posible negociación futura, pero por lo pronto, ellos pueden vivir ahí sin nadie que los desaloje.

“Aquí ya tengo cuatro años y medio y nunca se ha podido arreglar nada; cuando llegó el Covid, ya no pudimos pagar renta y optamos por venirnos para acá, agarramos este terreno y aquí nos quedamos”, cuenta la mujer oriunda de Jalisco y ya con casi 40 años de vivir en Juárez.

Para colmo de males, el acceso al agua apenas avanza, entre acciones del Municipio y Gobierno del Estado.

“Vamos a esperar las pipas y dicen que no, que hasta que no llegue la persona indicada, que es de Morena, ellos solamente nos autorizan a traernos las pipas, mientras no (…) o  sea que es una corrupción, que a fuerza tenemos que votar por la persona, para que nos puedan hacer el servicio”, explica.

Cuando se le pregunta por el servicio del Estado, la respuesta no cambia mucho.

Molesta, repite lo que ya había externado en una entrevista con Norte Digital unas semanas antes, que cuando llevaron a las instalaciones de la paraestatal un documento de amparo para que les surtieran agua, les dijeron que no.

A la pregunta sobre qué les han dado desde entonces, la respuesta fue una sola palabra: “nada”.

La respuesta queda suspendida bajo la sombra de la parra que crece a un costado de su casa, la misma que cada verano vuelve a cubrirse de pequeños racimos verdes en una tierra donde parecería imposible cosechar algo.

En Los Kilómetros las uvas sí maduran, lo que sigue sin hacerlo es la presencia plena de la ciudad.

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