Vivir es cuestión de suerte

23 agosto, 2016 | 10:03 am

Mixar López | NorteDigital

Reseña del disco Verdugo de Proof

Foto: Facebook: Proof

Yo solía ser un joven que caminaba por las calles con holgados pantalones Boss de mezclilla dura y jerseys escarlatas de Chicago Bulls con el soberbio número 23, allá, cuando comenzaban los 90‘s, mucho antes de la euforia intensiva de Michael Jordan. Tenía unos walkman Sony WM-FX473 en donde reproducía cintas de 2pac & The Notorious B.I.G, Eazy-E, NAS y Wu-Tang Clan. Así inicié mi carrera como vándalo, con la droga y el clavo, con la calibre .22 en los huevos y el humo espeso en la boca, en los pulmones.

Todo el día era escuchar esas cintas que robaba a los cholos fresas de la cuadra y que reproducía en estéreos del tamaño de un auto, mientras me cogía a sus novias. Pero los tiempos cambian, dice el abuelo, y el rap dejó de ser lo que era, aquel que nació entre las comunidades afroamericanas de los Estados unidos. Aquel que surgió alrededor de los 70’s, en esas entidades de gente pobre de Nueva York. Una ideología que se basaba en criticar la gran diferencia de las clases sociales y la discriminación, en cuyas letras podíamos escuchar confesiones de marginación, racismo y abuso de autoridad. Letras en donde la violencia se presentaba como denuncia y no como apología. El rap contemporáneo es una degradación de la mujer y un tributo desencajado hacia el dinero.

Colgué mis pantalones guangos en el tendedero de la casa de mi morra y nunca volví a usarlos. Me enfrasqué en un desmedido consumo de drogas y estupefacientes, me vi inmiscuido en quebrantamientos, atracos, golpizas y delitos contra la salud, por lo que estuve diez años recluido en el penal de Uruapan Michoacán. Diez años a donde me acompañaron 2pac y Wu- Tang, pero de aquella ideología poco quedaba, a veces se filtraban por la cárcel algunos resquicios de buena poesía, quizás el Control Machete, y algunas canciones contestatarias y políticamente incorrectas de Molotov, del otro lado de la ciénaga Dr. Dre y Eminem lo hacían muy bien, Jay Z tal vez, pero nada; continuaba la vorágine del dinero, los excesos y la humillación de la mujer. Parara cuando nació el reggaeton yo ya me había absuelto de la música, me había convertido en un preso Zen y después de escuchar a Tupac Amaru Shakur, me dispuse a leer a los mejores: Cesar Vallejo, Miguel Hernández, Nicanor Parra, Rafael Alberti, Antonio Machado, Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas, Odysseas Elytis y Yeats. Vine a conocer a la poesía entonces, la verdadera, la natural, la que no necesitaba beats sino vivencias reales. Emergí de la cárcel y me dediqué al periodismo, me mudé a Iowa y trabajé con los míos, con “los paisas”, los que jalan parejo, trabajé dándole voz a los migrantes, escribiendo sobre ellos, viviendo con ellos y el rap se es-fu-mó.

Hasta que llegó ese disco de nombre Verdugo Proof, de un rapero de nombreProof (prueba), un artista verdadero que prefería leer a Cortazar y escribir poesía que usar a la discriminación como bandera. Verdugo es un disco que dimite a todo el rap hecho en México, que reivindica al género y lo encausa a nuevos matices llenos de contrastes y cultismos, en donde la palabra violencia está al servicio del track y no viceversa, en donde la mujer no hace su forzada aparición para ser segregada ni relegada por figuras ominosas fálicas, en donde el verbo se reconcilia con los axiomas, en donde la calle, la mundología personal y la diferencia de clases hacen su aparición.

Proof sabe a calle, sabe a arrabal, a suburbio, sabe a encuentros clandestinos de rap, a improvisación, pero también a un arduo trabajo poético. Proof demuestra que es un aliado de la pluma y el papel, que es un juglar de la selva de asfalto, que está aquí para darle dicción al rechazado y no sólo así mismo. Proof es la des-mitificación del rapero, el que vaga en pos del triunfo, para llevarse un bocado a la boca, y no una mujer al falo. Verdugo es la quinta esencia de la palabra y el verbo, de la calle y el equívoco, de la droga, los excesos y el camino a la sabiduría.

Una letra sólo llega a su destinatario si se sostiene en el grano de la voz, dice Rocca, “la trinidad que asegura la eficacia del impacto de las palabras lanzadas como proyectil, cuerpo y palabra funcionan como una unidad para poder dar con el flow, el ritmo y la fluidez poética”. En Verdugo todo pasa por la técnica. Proof desmenuza las consonantes, el tono con el que rapea los versos convence, pues lo que se dice es real:

México debes tener estómago /
porque cualquier político guarda mierda en el sótano / Para llegar al éxito debes tener testículos / que el mundo no es machista pero a veces es ridículo.

El escucha roza el alambrado, tiene el poder de palpar el vagón, de experimentar el vértigo del salto. Desde la primera palabra Proof impacta con fuerza, es como el primer puño en una pelea, en Verdugo la palabra es músculo, aire y sangre, es la lucha es contra la domesticación de lo propio, de lo humano que es la voz. Una alianza contra el sistema, ese que te impide la dicción, que te pone obstáculos para que no creas en tu poesía. En Verdugo el estilo se convierte en actitud, en batalla contra la fosilización del flow, del ritmo, de la fluidez de lirismo. Proof busca su lugar en las ligas literarias, su canto hablado interpela las agendas de la academia y de la alta cultura. Su estética degenerada desafía las jerarquías y disputa contra los prejuicios letrados. Proof se resiste a la reducción de su lirismo por parte del poder, se resiste al atropello de los derechos sociales, forma parte de una parcialidad como lo es el rap en México, pero cultiva su personalidad con aplomo y trabaja para forjar su propio estilo.

No voy a buscar los pantalones Boss holgados que dejé algún día en el patio de mi novia para volver a escuchar el rap ideológico del ayer, pero sí voy a seguirle los pasos a este insurrecto entusiasta de la poesía lírica, del espíritu callejero y de la palabra en potencia, la que hará mella muy pronto en tu cabeza, en todas las cabezas.

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