Era una noche tranquila

15 julio, 2016 | 8:02 pm

Mixar López | NorteDigital

Foto: Agencias

Estaba hablando al teléfono con Jorge Ortiz de Pinedo cuando sucedió. El comediante quería que escribiera una reseña de la obra de teatro “Duele” protagonizada por Ludwika Paleta y Osvaldo Benavides, le dije que sí a todo y colgué. A pesar de que no estoy en México, aún siguen marcando a mi móvil para concertar entrevistas, crónicas o semblanzas de “espectáculos”.

Era un jueves apacible, justo como lo era horas antes en Niza, Capital de la Costa Azul, en el corazón de aquella región de belleza intemporal, allá, en el departamento de los Alpes marítimos en Francia. Prendí la televisión solo para no pasar una noche solitaria, a veces el murmullo de los comentaristas de deportes o de los presentadores de noticias son una presencia indispensable en casa, una compañía en medio de este bloque de soledad en Iowa. Quizá una cerveza o un vaso de Whisky, quizá nada y echarme a dormir temprano para olvidar las injurias del desarraigo. Entonces lo noté, aquella imagen vivirá en mí para siempre, como un fantasma de la humanidad doliente, el fantasma de la violencia que lleva días acechando mi cordura, una imagen tan inverosímil que pensé que se trataba de una película de acción en la que un camión arrolla a una multitud de personas, ¿no era máxima velocidad (Speed, 1994) de Jan de Bont? Me sentí mal por la comparación, la realidad siempre supera la ficción y las pantallas han logrado convertirse en algo más real que toda nuestra historia, me sentí mal por la realidad del mundo, quizá por eso viva enfrascado en la ficción, días enteros entregados a la creación de un universo paralelo en donde sólo entremos el lector y yo.

Si desconocer la realidad es no plantearse hasta dónde se van a derribar los límites, en una sociedad que se encamina claramente hacia todo tipo de hecatombes, entonces habrá que desconocerla. Pero esto lo había superado todo, no se puede dar más la espalda, no se puede desconocerla del todo, no puedes cerrarle los ojos a esa realidad que vas a relegar a tus hijos, porque sería como asesinarlos al instante. Siempre son ellos, mis cuatro hijos, quienes están presentes en este tipo de atentados, cada que veo el cadáver de un pequeño en Siria, mi mente pone en su cara el rostro de mis hijos, no sé si sea empatía o puro temor de padre, pero el desasosiego, mi imaginación, siempre me juegan sucio. Vienen después las pesadillas, mis hijos volcados en un basurero, en las calles de medio oriente cruelmente asesinados, con sus pies amputados por una mina o los brazos mutilados por una granada, agujerados por las balas, temor infringido por la guerra y la televisión, el periodismo infructuoso y la prensa amarillista, años y años de violencia que el Tramadol no logrará curar. No se le puede dar la espalda a la realidad, y todos los niños son nuestros niños, “el atentado de turno” le recuerda a la humanidad que hay algo más que las películas de Hollywood, es entonces cuando nos rasgamos las vestiduras queriendo pensar que no tenemos nada que ver. Si la curiosidad nos conduce hasta el intento de comprensión de los otros países, y somos capaces de ver en los diferentes a nosotros mismos, podremos comprender que ninguna guerra se trata de una cuestión de un país contra otro, pero sí de economía, pero sí de números, de petróleo, coltán y puntos geográficos.

Me adentré en la pesadilla, en las fauces de la nota, Twitter ya enfermaba de manera viral con el atentado, todos con una opinión confusa acerca de los hechos en Niza, todo expectantes, escribiendo a 140 caracteres sus recelos, sus inquietudes, su verborreo, su diarrea mental: “Rezo por las víctimas del atentado a Niza y por sus familiares. Pido a Dios que convierta el corazón de los violentos cegados por el odio. Twitteaba el Papa, “No vamos a ceder ante los terroristas”, escribía Obama, “México reprueba todo acto de violencia en Niza. Lamentamos la pérdida de vidas y nos solidarizamos con el pueblo francés”. Rasgueaba Peña Nieto, “No hay reporte de mexicanos fallecidos o heridos tras el atentado en Niza”, publicaba el Universal. ¿Qué había pasado?, ¿qué diablos estaba ocurriendo en esa película sangrienta que se mostraba terroríficamente sin censura en todos los medios existentes?

Un camión había arrollado esa noche de jueves a una multitud de personas en Niza, ciudad del sur de Francia, en un ataque deliberado que dejó al menos 84 muertos y decenas de heridos. Hasta ese momento, entre los lesionados, 50 se encontraban “entre la vida y la muerte”. En el momento del ataque había en el malecón 30.000 personas celebrando el día e la fiesta nacional de Francia, que conmemora el aniversario de la Toma de la Bastilla, el acontecimiento que marcó el inicio de la Revolución Francesa en el año 1789. El conductor del camión fue identificado como Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un chofer repartidor, quien fuera abatido por disparos de la policía.

Hasta ahí era el reporte, lo que conocemos y lamentamos, lo que sufrimos todos o quienes tenemos un poco de empatía, e incluso los que no, —las imágenes del momento exacto podrían hacer llorar a una bestia—. Nunca me ha gustado resultarme con las notas de las televisoras o de los diarios rimbombantes y globales, las agencias de noticias son un refractario enorme de las mentiras del poder. ¿Por qué Francia otra vez? Nunca he entendido tanta violencia, nunca voy a inducir al terrorismo, se justifique o no, la violencia, como diría Fraguas Forges, es el miedo de las ideas de los demás y poca fe en las propias, es el último recurso del incompetente. Francia es uno de los países europeos que participa con más fuerza en la llamada guerra contra el terrorismo internacional. Francia es militarmente activa en Siria e Irak y bombardea ahí posiciones del “Estado islámico”. Francia tiene una gran comunidad musulmana —debido a su pasado colonial— y con doble nacionalidad: la francesa y por lo general la de su país de origen. Controlar a estos ciudadanos cuando se radicalizan es muy difícil para las autoridades francesas, ya que pueden entrar y salir fácilmente con su pasaporte francés. Como sirios, tunecinos o argelinos, ellos no necesitan de una visa para residir en Francia. Este país o se siente responsable de los asuntos religiosos. Lo que significa que el Estado ignoró largo tiempo lo que pasaba, en particular, en las comunidades musulmanas de Francia. Según la politóloga y amiga mía Ronja Kempin.

Era media noche y seguía trepidando, había logrado “sacar de mi cabeza a mis hijos” y dejar de ligarlos con el atentado, pero seguía temblando, Mitzary, Isabella, Alexandrei e Irán, ¿qué haría en una situación así?, ¿qué haría yo? La madre de ellos es una mujer implacable, recuerdo que de pequeño Alexandrei resbaló de su carriola, era tan pequeño que los arneses no alcanzaban a sujetarlo, resbaló y fue a dar al piso; cuando lo vi ahí, indefenso en la suciedad de los adoquines, me desmayé, y al despertar lloré durante un día entero. Ella solo lo vi como un accidente, y me culpó a mí de todo lo ocurrido. Nunca la he visto llorar por ninguno de ellos, yo en cambio soy un charco de lamentos, como Antonio Ricci, el desafortunado padre de Bruno en “Ladrón de bicicletas”, quien llora desconsoladamente al final de la película por haber robado en frente de su hijo.

Media botella de Whisky y seguía temblando, el Tramadol nunca hace efecto cuando lo necesitas, y mucho menos frente a una imagen como esa: el cuerpo de una pequeña víctima de la masacre tapado por una manta y junto a una muñeca. Quise morir, estar sepultado, quise tener la capacidad de introducir a mis hijos en una esfera indestructible, a salvo de todo, pero la realidad te alcanza, está ahí, tienes que incluirla en tu historia, porque es una realidad que se mueve ante tus narices. No cuentas con ella, pero surge. Son los imperativos de la maldita realidad.

Llame a casa, los niños cenaban tostadas con mermelada en México, mientras que e Francia, se izaba una bandera a media hasta, me volqué a llorar.

 

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