Un desierto que florece

25 diciembre, 2016 | 6:00 am

Hérika Martínez Prado | NorteDigital

Buscando agua, la familia Castro encontró una beta de piedras de arena con forma de rosas

Foto: Hérika Martínez/Manuel Sáenz/ Video: Néstor Monsivaís

A 56.6 kilómetros de Ciudad Juárez se encuentra un tesoro clavado en el desierto; bajo la arena, florecen miles de piedras en forma de rosas.

En el mismo desierto mágico de Samalayuca cubierto por kilómetros de dunas de fina arena blanca, hectáreas de hortalizas y más de 3 mil petrograbados y arte rupestre tallados sobre las rocas, hace más de medio siglo había un pueblo escondido.

En El Vergel, un ejido alejado 10 kilómetros de la carretera, habitaban más de 50 personas, pero ahora solo viven Raúl Castro Aguirre y su familia, los dueños de un tesoro que hace 82 años descubrió su abuelo.

“Esta es una herencia que nos dejó mi abuelo desde 1934. Buscando agua encontraron estas piedras”, dijo mostraron una de las piedras nacaradas con picos en forma de pétalos, a las que su abuelo bautizó como flor de arena, pero que en Internet son conocidas también como rosas del desierto.

Según la misma web, los principales yacimientos han sido encontrados en el desierto del Sahara, en Túnez, España y en Arizona, pero es en el desierto de Samalayuca donde se encuentran las más hermosas.

Desde niño, Castro Aguirre ayudaba a su padre y a su abuelo a extraer las flores de la arena, un trabajo que sigue realizando con sus hijos, mientras su pequeño nieto juega a ayudarles en el rancho El Pozo, donde viven.

Buscarlas es como buscar un tesoro. Con palas, cuerdas y una gorra que los cubre del sol que en el desierto siempre cala más fuerte, don Raúl y sus hijos recorren unos dos kilómetros para llegar hasta la zona donde realizan los pozos.

Entre miles de kilómetros, su hallazgo es como un juego de azar que requiere al menos tres días de esfuerzo físico.

El primer día “están con que vamos a excavar aquí y el otro dice que no, que acá, uno dice que ahí porque a unos metros habían encontrado y el otro dice que por eso ya no habrá más”, narró el hombre, quien muchas de las veces es quien finalmente debe decidir dónde excavarán.

Siete metros en un diámetro donde fácilmente pueden caber dos o tres personas es el necesario para encontrar las flores que según las hipótesis que ha escuchado le lleva a la naturaleza hasta 65 millones de años para formarlas.

“El segundo día ni siquiera hablamos, nada más estamos callados, y ya cuando las encontramos hasta empezamos a platicar”, dijo su hijo Juan Pablo Castro, mientras descendía a uno de los hoyancos con apoyo de una cuerda amarrada a la cintura, detenido de un puente de madera al que llaman cigüeña.

“Sí es pesado, pero si la gente de la ciudad paga para ir a hacer ejercicio, pues aquí los hacemos haciendo algo útil”, aseguró don Raúl, para quien describe al desierto es simplemente como su vida.

Los tamaños de la flor varían, desde minúsculas rosas de arena que se les van entre las dunas de fina arena que crean a un costado de cada pozo hasta una de unos 100 kilogramos que encontraron y resguardan afuera de su casa.

Pero la búsqueda no siempre tiene buenos resultados y cuando no encuentran nada el tercer día tienen que abandonar el lugar y comenzar a excavar otro hoyo.

Incluso si logran dar con las piedras que se forman con el agua en suelos arenosos ricos en yeso, después de tres, la tierra comienza a cuartearse y existe el riesgo de un deslave.

“Se saca la que se puede y la demás pues ahí se queda. Ahí abajo hay muchas piedras que no podemos sacar por falta de equipo”, lamentó el hombre, quien como recuerdo de su pueblo solo tiene un pequeño panteón entre el desierto, con unas cuantas tumbas, entre la que destaca la de su madre, llena de flores.

Con las rosas de arena entre sus manos la alegría no se puede ocultar entre sus rostros de los Castro, por lo que comienzan a cargarlas en la caja de su camioneta Chevrolet roja con la cabina blanca, de los años 60.

Rodeados de nada más que arena y matorrales, el hombre y sus hijos regresan a casa sobre un camino marcado por sus propias rodadas.

Su esposa y su nuera cocinan y cuidan a su nieto, en El Pozo, un rancho donde el agua sale de un pozo y para obtener luz colocaron celdas solares y una batería de automóvil sobre la cocina y el baño.

El refrigerador no es necesario cuando las hortalizas crecen afuera de tu casa y las tortillas de harina se hacen minutos antes de comer, dice el hombre en cuyo rancho hay un molino de viento y aunque vive a kilómetros de la tecnología solo tiene que subir una pequeña loma de tierra para disfrutar del desemboque de un pequeño río.

Mientras en el patio su nieto juega con su perro, el hombre y sus hijos descargan las flores de arena; las rosas del desierto que acomodan según sus tamaños, apiladas en el piso las más pequeñas, a un costado las más grandes sobre el suelo y las medianas sobre una larga mesa que formaron con placas de madera.

Todas son lavadas con un cepillo en una pila de agua, “quedan más brisas”, dijo don Raúl al mostrarla bajo el sol.

“Es un tesoro en el desierto, esto es algo único. Según las pláticas que hemos escuchado, las teorías que existen, esto se formó cuando aquí era mar y hablan como de 65 millones de años que tiene esto, que se formó o que todavía se siguen formando”, presume el hombre, quien después coloca las piedras sobre madera o una base de yeso que pinta de café para luego escribir la leyenda Samalayuca.

Los Castro son dueños de un tesoro que necesita conocerse para que se pueda vender, destacó.

“Cuando vienen se sorprenden de todo lo que ven aquí, porque a pesar de la cercanía con Ciudad Juárez hay mucha gente que no conoce el desierto en realidad, pero necesitamos de apoyo de Turismo para poder vender más piedras, para que salieran más al exterior, porque es poco lo que vendemos, no es tanto”, aseguró.

Los mismos integrantes de la familia son quienes se encargan de vender las flores de arena en programas como Mercado en tu Colonia, en el que a través de Desarrollo Rural productores de la región venden sus productos cada fin de semana en Ciudad Juárez.

También acude a eventos como la Feria de las Hortalizas que se realiza cada verano en Samalayuca y en temporada de vacaciones se colocan a un costado de la carretera Juárez–México.

“Le hemos vendido a personas que se las llevan para Estados Unidos o para el interior de la república, pero necesitamos de algo que se hiciera para que viniera más gente, porque tenemos muchas pero falta que se vendan”, destacó sobre las flores de arena que brillan bajo el sol sobre un desierto que en verano supera los 40 grados centígrados y en el frío desciende varios grados bajo cero.

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